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viernes, 1 de junio de 2018

13 ~ Cómo afrontar la cólera y el odio (1/2)

Cuarta parte
Superar los obstáculos

13 ~ Cómo afrontar la cólera y el odio (1/2)


Si uno se encuentra con una persona a la que le han dispa­rado una flecha, no dedica el tiempo a preguntarse de dónde ha venido la flecha, o la casta del individuo que la disparó, o a analizar de qué tipo de madera está hecho el astil o la manera en que está hecha la punta de la flecha, sino que se centra en extraer inmediatamente ésta.  (Shakiyamuni, el Buda)

Dirigimos ahora nuestra atención a algunas de las «flechas», los estados negativos de la mente que pueden destruir la nuestra así como sus correspondientes antídotos. Todos los estados mentales negativos, actúan como obstáculos a nuestra felicidad, pero empezaremos por la cólera, que parece producir uno de los bloqueos grandes. El filósofo estoico Séneca la describió como »la más horrible y frenética de todas las emociones». Los efectos destructivos la cólera y el odio, han sido bien documentados en recientes estudios científicos. Naturalmente, no necesitamos pruebas científicas para darnos cuenta de cómo estas emociones pueden nublar nuestro juicio, causar sentimientos de extrema incomodidad o provocar estragos en nuestras relaciones personales. Eso lo sabemos por experiencia per­sonal. En los últimos años, sin embargo, se han logrado grandes pro­gresos en la descripción de los efectos físicos nocivos de la cólera y la hostilidad. Docenas de estudios han demostrado que estas emociones son una causa significativa de enfermedad y muerte prematura. Investigadores como el doctor Redford Williams, de la Universidad de Duke, o el doctor Robert Sapolsky, de la Universidad de Stanford, han realizado estudios que demuestran que la cólera, el enojo y la hostilidad son particularmente nocivos para el sistema cardiovascular. De hecho, se han acumulado tantas pruebas acerca de los efectos nocivos de la hostilidad que se la considera ahora un gran factor de riesgo en las enfermedades cardíacas, a la misma altura o quizá mayor que otros factores tradicionalmente reconocidos, como el colesterol o la presión sanguínea elevadas.
Una vez aceptamos los efectos nocivos de la cólera y el odio, la siguiente pregunta es: ¿cómo superarlos?
El primer día de mi trabajo como asesor psiquiátrico de una clínica, un miembro del personal me mostraba mi nueva consulta cuando escuché que por la sala reverberaban unos gritos capaces de helarle la sangre a cualquiera.
-Estoy enfadada... -Más fuerte.
-¡Estoy enfadada!
-¡Mas fuerte! ¡Demuéstremelo! ¡Que yo lo vea!
-¡Estoy enfadada! ¡¡Estoy enfadada!! ¡Le odio! ¡ ¡Le odio!! Fue algo verdaderamente terrorífico. Le comenté al miembro del personal que aquello parecía una crisis necesitada de tratamiento ur­gente.
-No se preocupe -me dijo, echándose a reír-. En estos momen­tos tienen una sesión de terapia de grupo en el vestíbulo. Ese método ayuda a la paciente a entrar en contacto con su cólera.
Más tarde, ese mismo día, tuve oportunidad de reunirme con la paciente en cuestión, en privado. Parecía agotada.
-Me siento muy relajada -dijo-. Esa sesión de terapia realmen­te ha funcionado. Tengo la sensación de haberme desprendido de toda mi cólera.
En nuestra siguiente sesión, sin embargo, la paciente me informó: -Bueno, Supongo que, después de todo, no me desprendí de toda mi cólera. Ayer, justo después de marcharme, cuando salía del apar­camiento, un imbécil estuvo a punto de arrollarme... ¡Me puse furio­sa! Y durante todo el trayecto de regreso a casa no hice sino maldecir por lo bajo a aquel imbécil. Supongo que aún necesito unas pocas se­siones más de expresión de la cólera para quitármela del todo.


Al prepararse para conquistar la cólera y el odio, el Dalai Lama empieza por investigar la naturaleza de estas emociones destructivas. -En términos generales -explicó-, hay muchas clases diferen­tes de emociones perversas o negativas, como el engreimiento, la arro­gancia, los celos, el deseo, la lascivia, la estrechez de miras, etcétera.
Pero, de entre todas ellas, el odio y la cólera se consideran los mayo­res males debido a que son los principales obstáculos que impiden el desarrollo de la compasión y el altruismo y porque destruyen la vir­tud y la serenidad mental.
»Hablo de cólera, pero puede haberla de dos tipos. Uno de ellos puede ser positivo, dependiendo principalmente de la propia motiva­ción. Es posible que haya una cólera motivada por la compasión o por el sentido de la responsabilidad. En los casos en que la cólera está motivada por la compasión, puede ser utilizada como un impulso o catalizador para una acción positiva. Bajo tales circunstancias, Una emoción humana como la cólera actúa como una fuerza capaz de provocar una acción rápida. Se crea así una energía que permite al individuo actuar con rapidez y decisión. Puede ser un potente factor motivador. De modo que esa clase de cólera puede ser positiva a ve­ces. Sucede con demasiada frecuencia, sin embargo, que la energía también es ciega, aunque esa clase de cólera actúe como una especie de protector, de modo que no se puede estar seguro de que al final sea constructiva o destructiva.
»De modo que, aunque bajo ciertas circunstancias algunas clases de cólera pueden ser positivas, esta pasión conduce, en términos ge­nerales, a sentimientos negativos y al odio. Y, por lo que se refiere al odio, nunca es positivo. No proporciona ningún beneficio. Siempre es totalmente negativo.
»No podemos Superar la cólera y el odio simplemente suprimién­dolos. Necesitamos cultivar activamente los antídotos Contra ellos: la paciencia y la tolerancia. Siguiendo el modelo del que hemos hablado antes, para cultivar con éxito la paciencia y la tolerancia se necesita generar entusiasmo, tener un intenso deseo de él. Cuanto más grande sea su entusiasmo, tanto mayor será su posibilidad de resistir las difi­cultades que encuentre en el proceso. Proponiéndose la práctica de la paciencia y la tolerancia, lo que sucede en realidad es que se participa en un combate Contra el odio y la cólera. Puesto que se trata de un combate, lo que se busca es la victoria, pero también se ha de estar preparado para una posible derrota. Así pues, mientras se combate, no debería perderse de vista el hecho de que a lo largo de él habrá que afrontar numerosos problemas. Se debe tener habilidad para resistir esas dificultades. Alguien que alcanza la victoria sobre el odio y la có­lera a través de un proceso tan arduo, es un verdadero héroe. »El intenso entusiasmo del que hablamos se genera teniendo esto en cuenta. El entusiasmo es el resultado de aprender y reflexionar so­bre los efectos beneficiosos de la tolerancia y la paciencia y sobre los efectos destructivos y negativos de la cólera y el odio. Ese mismo acto, esa misma realización creará por sí misma una inclinación hacia los sentimientos de tolerancia y paciencia, hará que se sienta más pruden­te y esté más atento a los pensamientos de cólera y odio. Habitual­mente, no nos preocupamos mucho por la cólera y el odio, de modo que estas emociones simplemente aparecen. Pero una vez que desarrollamos una actitud prudente frente a ellas, el mismo cuidado pue­de actuar por sí mismo como una prevención.
»Los efectos destructivos del odio son muy visibles, muy evidentes e inmediatos. Por ejemplo: en su interior surge un pensamiento de odio muy fuerte o enérgico; en ese mismo instante le abruma por com­pleto y destruye su paz mental, su presencia de ánimo desaparece completamente. Cuando surge una cólera y un odio tan intensos, se obnubila la mejor parte de su cerebro, la capacidad para juzgar lo que es correcto y lo equivocado, así como la visión de las consecuencias a largo y a corto plazo de sus acciones. Su capacidad de juicio se atas­ca, ya no es capaz de funcionar. Es casi como si se hubiera vuelto loco. Así pues, esta cólera y este odio tienden a producir un esta­do de confusión que no sirve sino para empeorar sus problemas y di­ficultades.
»Incluso a nivel físico, el odio produce una transformación del in­dividuo muy antipática y desagradable. En el instante mismo en que surgen fuertes sentimientos de cólera u odio, el rostro de la persona se contorsiona y afea, por mucho que ésta intente fingir o adoptar una actitud digna. La expresión se hace muy desagradable y la persona transmite una vibración hostil. Otras personas pueden percibirlo. Es casi como si pudieran notar vapor brotando del cuerpo de esa perso­na, hasta el punto de que ya no son únicamente los seres humanos los capaces de percibirlo, sino hasta los animales de compañía, que tra­tarán de evitar a la persona. Cuando alguien abriga pensamientos de odio, éstos tienden a acumularse en su interior, lo cual puede provo­car incluso pérdida del apetito o sueño, o hacer que la persona se sien­ta más tensa y alterada.
»Por estas razones, la cólera ha sido comparada a un enemigo. Un enemigo interno que no tiene otra función que causarnos daño. Es nuestro verdadero enemigo, nuestro enemigo más definitivo. No tie­ne otra función que la de destruirnos, tanto en términos inmediatos como a largo plazo.
»El odio actúa de un modo muy distinto a un enemigo corriente, porque éste, es decir, una persona a la que consideremos enemiga nues­tra, puede maniobrar para perjudicamos, pero también se ve obligada a hacer otras cosas: tiene que comer, tiene que dormir y, por lo tan­to, no puede dedicar las veinticuatro horas del día, es decir, toda su existencia, a su propósito de hacernos daño. Por otro lado, el odio no tiene ninguna otra función, ningún otro propósito que destruirnos. Si fuéramos consciente de ello, deberíamos resolver que nunca daremos a este enemigo la oportunidad de surgir dentro de nosotros.
-Al afrontar la cólera, ¿qué le parecen algunos de los métodos de la psicoterapia occidental que animan a su expresión?
-Creo que tenemos que comprender que pueden darse situacio­nes diferentes -explicó el Dalai Lama-. En algunos casos, la gente abriga fuertes sentimientos de cólera y dolor basados en algo que se les hizo en el pasado, un maltrato o lo que fuera, y ese sentimiento se man­tiene reprimido. Según una expresión tibetana, si existe algún mal en la concha de un caracol puedes eliminarlo soplando. En otras palabras, si algo bloquea la concha, sólo hay que soplar y ésta quedará despeja­da. De modo similar, cabe concebir una situación en la que, debido a la dificultad de reprimir ciertas emociones o sentimientos de cólera, sea mejor dejarse arrastrar y expresarlos.
»No obstante, creo que, en términos generales, la cólera y el odio son el tipo de emociones que, si no se las controla y vigila, tienden a agravarse, paulatinamente se intensifican. Si uno se acostumbra a dejarlas aflorar y a expresarlas, el resultado suele ser su aumento, no su reducción. Tengo por tanto la impresión de que lo mejor es adoptar una actitud prudente y tratar de reducir activamente su in­tensidad.
-Si tiene la impresión de que expresar o liberar la cólera no es la respuesta, ¿cuál será ésta? -le pregunté.
-En primer lugar, los sentimientos de cólera y odio surgen de una mente torturada por la insatisfacción y el descontento. Uno puede prepararse con antelación trabajando sistemáticamente para crear sa­tisfacción interior y para cultivar la amabilidad y la compasión. Eso produce una tranquilidad de espíritu que por sí misma contribuye a impedir que surja la cólera. Cuando aparezca una situación que le enoje, debe afrontarse directamente la cólera y analizarla, ver si es una respuesta apropiada y si es constructiva o destructiva. Se hace en­tonces un esfuerzo por ejercer una cierta disciplina y contención in­terna, combatiéndola activamente mediante la aplicación de antído­tos que contrarresten estas emociones negativas, como pensamientos de paciencia y tolerancia.
El Dalai Lama hizo una pausa, antes de añadir, con su acostum­brado pragmatismo:
-Naturalmente, cuando se trabaja para superar la cólera y el odio es posible que en la fase inicial se sigan experimentando estas emo­ciones negativas. Pero hay niveles diferentes de cólera; cuando son li­geros, se puede intentar afrontarla y combatirla en el mismo momen­to. No obstante, si se desarrolla una emoción negativa muy fuerte, será muy difícil afrontarla inmediatamente. En tal caso, quizá sea me­jor tratar de olvidarla momentáneamente. Pensar en alguna otra cosa. Una vez que la mente se haya calmado un poco, se puede analizar y razonar.
En otras palabras, estaba diciendo: «Cuenta hasta diez antes de explotar». Siguió diciendo:
-Para tratar de eliminar la cólera y el odio es indispensable el cul­tivo deliberado de la paciencia y la tolerancia. El valor y la importan­cia de tales virtudes podrían concebirse en los siguientes términos: por lo que se refiere a los efectos destructivos de los pensamientos coléri­cos y de odio, la riqueza no puede protegernos contra ellos. Aunque uno sea millonario, sigue estando sujeto a efectos destructivos. La edu­cación por sí sola tampoco nos garantiza que estemos protegidos con­tra ellos. Asimismo, la ley tampoco nos proporciona dicha garantía o protección. Son como las armas nucleares: por muy sutiles que sean los sistemas de defensa, no pueden ofrecemos protección o defensa contra ellas...
El Dalai Lama hizo una pausa para tomar impulso, antes de con­cluir con un tono de voz claro y firme: -Lo único que puede proporcionarnos refugio o protección con­tra los efectos destructivos de la cólera y el odio es la práctica de la tolerancia y la paciencia.


Dalai Lama con Howard C. Cutler, M. D.
EL ARTE DE LA FELICIDAD

Traducción de José Manuel Pomares

miércoles, 9 de mayo de 2018

12 ~ Producir un cambio (2/2)

Cuarta parte
Superar los obstáculos

12 ~ Producir un cambio


Expectativas realistas

Para una verdadera transformación interna -afirma el Dalai Lama­ es preciso realizar un esfuerzo continuado. Se trata de un proceso gra­dual. Esto contrasta agudamente con la proliferación de técnicas y te­rapias de autoayuda para «soluciones rápidas» que tanto se han po­pularizado en las últimas décadas en la cultura occidental, técnicas que van desde las «afirmaciones positivas» hasta el «descubrimiento del niño interior».
El Dalai Lama está convencido del tremendo y acaso ilimitado po­der de la mente, pero de una mente que haya sido sistemáticamente entrenada y atemperada por años de experiencia y de sano razona­miento. Se necesita mucho tiempo para desarrollar el comportamien­to y los hábitos mentales capaces de contribuir a solucionar nuestros problemas, así como para establecer los nuevos hábitos que trae con­sigo la felicidad. No hay forma de soslayar estos factores esenciales: determinación, esfuerzo y tiempo son las auténticas claves de la feli­cidad.
Al emprender el camino del cambio, es importante establecer ex­pectativas razonables. Si fueran demasiado elevadas, nos estaríamos encaminando a una desilusión. Si son demasiado bajas pueden desa­lentar nuestra voluntad de enfrentamos a las limitaciones y desarro­llar todo nuestro potencial. Después de nuestra conversación sobre el proceso de cambio, el Dalai Lama añadió:
-No debería perderse nunca de vista la importancia de mantener una actitud realista, de ser sensible y respetuoso ante la realidad de la situación a medida que se avanza por el camino de la transformación. Se deben reconocer las dificultades que se encuentren y que quizá se necesite tiempo y un esfuerzo coherente para superarlas. Es impor­tante establecer una clara distinción entre los propios ideales y los mé­todos mediante los que se juzga el progreso. Para un budista, por ejemplo, el fin último es muy elevado: la plena iluminación. Pero es­perar alcanzarla con rapidez es una expectativa desmesurada, que te lleva al desánimo y la desesperanza. Así pues, necesitas 'un enfoque realista. Por otro lado, si dices «Me voy a concentrar en el aquí y el ahora; esto es lo práctico, debo olvidarme del futuro y la ilumina­ción», estás en otra actitud extremada. Necesitamos una actitud in­termedia. Necesitamos encontrar equilibrio.
»El tema de las expectativas es complicado. Las excesivas, sin fun­damentos adecuados, acarrean problemas. Por otro lado, si no tienes expectativas y esperanza, si no tienes aspiraciones, no puede haber progreso. Por tanto, no resulta fácil encontrar el equilibrio adecuado, Yo seguía abrigando dudas; aunque pudiéramos modificar algu­nos comportamientos y actitudes negativos con suficiente tiempo y esfuerzo, ¿hasta qué punto era realmente posible erradicar las emo­ciones negativas? Decidí abordar el tema con el Dalai Lama.
-Para acercamos a una felicidad duradera, ha dicho usted, debe­mos eliminar nuestros comportamientos y estados mentales negati­vos, como la cólera, el odio, la avaricia... -El Dalai Lama asintió con un gesto-. Pero esas emociones son inherentes a nuestra consti­tución psíquica. Al parecer, todos los seres humanos experimenta­mos en mayor o menor grado esas oscuras emociones. Si eso es así, ¿es razonable detestar, negar y combatir a una parte de nosotros mis­mos? ¿Es correcto tratar de erradicar alguna parte de nuestra natu­raleza?
-Sí, algunas personas sugieren que la cólera, el odio y otras emo­ciones negativas son naturales e inamovibles. Pero eso es erróneo. To­dos nosotros nacemos en un estado de ignorancia. La ignorancia, por lo tanto, también es natural. Pero, a medida que crecemos, adquiri­mos conocimientos a través de la educación y el aprendizaje, disipa­mos la ignorancia. Sin embargo, si permaneciéramos en un estado de ignorancia, sin desarrollar nuestro aprendizaje, no seríamos capaces de disipar la ignorancia. Del mismo modo, mediante una formación adecuada podemos reducir gradualmente nuestras emociones negati­vas y ampliar nuestros estados mentales positivos, como el amor, la compasión y el perdón.
-Pero si esas emociones forman parte de la psique, ¿cómo podemos tener éxito a la hora de luchar contra ellas?
-Para ello es útil saber cómo funciona la mente humana -con­testó el Dalai Lama-. La mente es muy compleja y muy habilidosa. Es capaz de encontrar muchas formas de afrontar una gran -variedad de situaciones. Para empezar, tiene capacidad de adoptar diferentes perspectivas.
»En la práctica budista se utiliza esta capacidad en meditaciones en las que se aíslan mentalmente diferentes aspectos de uno mismo, para luego establecer un diálogo entre ellos. Tenemos, por ejemplo, la meditación para intensificar el altruismo, en la que se establece un diá­logo entre la actitud egocéntrica y la actitud de progreso espiritual. Por tanto, y a pesar de que rasgos negativos como el odio y la cólera for­man parte de la mente, podemos embarcamos en la tarea de tomados como objetos externos y combatirlos.
»A menudo nos encontramos en situaciones en las que nos censu­ramos, y nos decimos: "Me he defraudado a mí mismo", y nos enfa­damos. Así que también en esas ocasiones entablamos un diálogo con nosotros mismos, aunque en realidad seamos siempre un solo individuo. A pesar de ello, tiene sentido criticarse, enojarse con uno mis­mo, como todos sabemos por experiencia propia.
»Pues bien, aunque en realidad sólo hay un único ser individual, se pueden adoptar dos perspectivas diferentes. ¿Qué es lo que ocurre cuando uno se critica? El "yo" que critica lo hace desde una perspec­tiva totalizadora de la persona, mientras que el "yo" criticado es uno mismo en una experiencia concreta. Así es posible esta relación del SI mismo con el sí mismo".
,»Cabe añadir que es útil reflexionar sobre los diversos aspectos de la Identidad personal. Tomemos como ejemplo un monje tibetano. Ese individuo puede construir su identidad desde la perspectiva de ser monje: "yo mismo como monje". Y también puede experimentar su Identidad basándose en su origen étnico, como tibetano, de modo que Puede decir: "Soy tibetano". y puede tener otra identidad en la que la condición monacal y el origen étnico no jueguen un papel importan­te. Puede pensar: "Soy un ser humano". Tenemos por tanto pers­pectivas diferentes de la identidad personal.
»Esto indica que cuando nos relacionamos conceptualmente con algo, podemos observar un mismo fenómeno desde muchos ángulos diferentes, y que esta capacidad es bastante selectiva; podemos enfo­car la atención en un aspecto de ese fenómeno y adoptar una perspec­tiva determinada. Esta facultad es muy importante cuando queremos identificar y eliminar ciertos aspectos negativos en nosotros o inten­sificar los rasgos positivos: con ella podemos aislar las partes que tra­tamos de eliminar o contra las que queremos luchar.
»Pero entonces, surge una cuestión muy importante: aunque podemos enfrentarnos a la cólera, el odio y los demás estados negativos de la mente, ¿qué garantía tenemos de que es posible vencerlos?
»Al hablar de estos estados negativos de la mente, debería señalar que me refiero a lo que nosotros llamamos Nyon Mong en tibetano, o Klesha en sánscrito. Este término significa literalmente "aquello que aflige desde dentro". A menudo se traduce como "ilusiones". La eti­mología de la palabra tibetana Nyon Mong nos indica que se trata de algo emocional y cognitivo que aflige a nuestra mente, destruye nues­tra paz mental o nos produce una perturbación psíquica. Si observa­mos atentamente, será fácil reconocer la naturaleza de estas "ilusiones" por su tendencia a destruir nuestra calma. Pero en cambio es mucho más difícil descubrir si podemos superarlas. Esto se relaciona directa­mente con la posibilidad de activar todo nuestro potencial espiritual, que es un tema muy serio y de arduo tratamiento.
»Así pues, ¿qué argumentos tenemos para creer que estas emocio­nes destructivas o "ilusiones" pueden ser eliminadas de nuestra men­te? En el pensamiento budista, tenemos tres premisas sobre ello.
»La primera afirma que todos los estados "ilusorios" de la mente, todas las emociones y pensamientos destructivos son distorsiones, porque se apoyan en percepciones erróneas de la realidad. Por muy poderosas que sean, esas emociones carecen de fundamento válido.
Se basan en la ignorancia. Por otro lado, todas las emociones o esta­dos positivos de la mente, como el amor y la compasión, tienen una base muy sólida. Cuando la mente experimenta estos estados positi­vos, no hay distorsión, ya que están fundados en la realidad, pueden ser verificados por nuestra experiencia. Pero no ocurre lo mismo en el caso de las emociones destructivas, como la cólera y el odio. Ade­más, los estados positivos pueden ser potenciados continuamente, siempre y cuando realicemos prácticas regulares.

-¿Puede explicarme a qué se refiere al decir que los estados posi­tivos de la mente tienen una «base sólida» mientras que los estados negativos carecen de ella? -le interrumpí.

-Tomemos la compasión, por ejemplo. Se empieza por reconocer que no se desea sufrir y que se tiene derecho a alcanzar la felicidad. Eso se puede verificar. Se reconoce a continuación que las demás per­sonas, como uno mismo, tampoco desean sufrir y también tienen de­recho a alcanzar la felicidad. Ya se tiene la base para generar compa­sión.
»Esencialmente, hay dos clases de emociones o estados de la men­te: las positivas y negativas. Una forma de clasificar estas emociones sería considerar si pueden ser justificadas. Antes por ejemplo, al ana­lizar el deseo, vimos que hay algunos negativos. El deseo de satisfacer las necesidades básicas es positivo. Es justificable. Se basa en el hecho de que todos existimos y tenemos derecho a sobrevivir. Así pues, ese deseo. tiene un fundamento sólido. Los deseos negativos, como por ejemplo la avaricia, no poseen bases sólidas, y a menudo no hacen sino crear problemas y complicamos la vida. La avaricia obedece al descontento, a pesar de que las cosas que se desean no son realmente necesarias.

El Dalai Lama continuó su examen de la mente humana con la misma escrupulosidad que pudiera emplear un botánico para clasifi­car especies raras.
-Eso nos lleva a la segunda premisa sobre la que se basa la afirmación de que podemos erradicar las emociones negativas. Establece que los estados positivos de la mente pueden actuar como antídoto contra las tendencias negativas y los estados ilusorios. Por consiguiente utilizando y potenciando los estados positivo: los antídotos, reduciremos la presencia de los estados negativos.
»En la práctica budista, ciertas cualidades mentales positivas como la paciencia, la tolerancia y la amabilidad, pueden actuar como; antídotos especificas contra la cólera, el odio y el apego. Antídotos como el amor y la compasión reducen de modo significativo las aflicciones mentales, pero su especificidad los convierte en medidas par­ciales. Las emociones destructivas se encuentran en último término enraizadas en la ignorancia, es decir, en la concepción errónea de la naturaleza de la realidad. En consecuencia, todas las confesiones budistas parecen coincidir en que, para superar plenamente todas las tendencias negativas, tenemos que aplicar el antídoto contra la ignorancia, es decir, el "factor sabiduría". Eso es indispensable. Ese "fac­tor sabiduría" supone crear percepción de la verdadera naturaleza de la realidad.
»En resumen, en la tradición budista no sólo tenemos antídotos específicos, como por ejemplo la paciencia y la tolerancia, que actúan como antídotos específicos contra la cólera y el odio, sino que también disponemos de un antídoto general, el conocimiento de la natu­raleza de la realidad. Esto es algo similar a librarse de una planta ve­nenosa: puedes eliminar los efectos nocivos cortando ramas y hojas o bien arrancando la planta de cuajo.

El Dalai Lama continuó con su exposición de las premisas: -La tercera premisa asevera que la naturaleza esencial de la men­te es pura, que la conciencia básica no está manchada por emociones negativas. Su naturaleza es pura, un estado denominado
»De acuerdo con estas tres premisas, el budismo sostiene que las aflicciones mentales y emocionales pueden ser eliminadas mediante el cultivo de fuerzas que actúan como antídotos, como el amor, la com­pasión, la tolerancia y el perdón, así como con prácticas como la me­ditación.
Ya había oído hablar al Dalai Lama de la naturaleza fundamental de la mente y de su capacidad para eliminar nuestras pautas negati­vas de pensamiento. Había comparado la mente con un vaso de agua sucia; los estados mentales aflictivo s eran las «impurezas», que po­dían ser eliminadas para revelar la fundamental naturaleza «pura»del agua. Esto parecía un tanto abstracto, así que le interrumpí, im­pulsado por preocupaciones prácticas.
-Supongamos que uno acepta la posibilidad de eliminar las emo­ciones negativas y empieza a dar pasos en esa dirección. A partir de nuestras conversaciones, sin embargo, me doy cuenta de que sería preciso un tremendo esfuerzo para erradicar ese lado oscuro: estudio, contemplación, aplicación constante de antídotos, intensas prácticas de meditación, etcétera. Eso puede ser apropiado para un monje o para alguien capaz de dedicar mucho tiempo y atención a esas activi­dades. Pero ¿qué sucede con la persona corriente, que tiene una fami­lia y un trabajo, que quizá no disponga de suficiente tiempo? ¿No se­ría más adecuado para esas personas tratar de vivir con sus emociones manejándolas adecuadamente, en lugar de intentar erradicarlas por completo? Sucede aquí lo mismo que con los enfermos de diabetes. Quizá no dispongan de los medios para alcanzar una cura completa, pero si vigilan su dieta, toman insulina, etcétera, pueden controlar la enfermedad y evitar las secuelas negativas.
-¡Sí, precisamente de eso se trata! -me respondió con entusias­mo-. Estoy de acuerdo con usted. Lo que podamos hacer para redu­cir la influencia de las emociones negativas, por poco que sea, siem­pre será muy útil, puede ayudar a llevar una vida más satisfactoria.
Mire, un laico cargado de obligaciones familiares y laborales puede alcanzar, no obstante, un alto grado de realización espiritual. Ha habi­do personas que no iniciaron una práctica seria hasta un período avan­zado de su vida, cuando ya tenían cincuenta o incluso ochenta años, a pesar de lo cual pudieron convertirse en grandes maestros.
-¿Ha conocido personas que hayan alcanzado esa condición? -le pregunté. 
-Es difícil reconocerlos. Los verdaderos practicantes nunca alardean -contestó riéndose.

En Occidente son muchas las personas que consideran las convic­ciones religiosas como una fuente de felicidad; el enfoque del Dalai Lama, sin embargo, es fundamentalmente distinto al de muchas reli­giones occidentales, ya que depende mucho más del razonamiento y la formación de la mente que de la fe. En algunos aspectos, el budis­mo del Dalai Lama se parece a una ciencia de la mente, un sistema cuya aplicación se asemeja a la psicoterapia. Pero lo que el Dalai Lama sugiere va mucho más allá. Aunque estamos acostumbrados a utilizar técnicas psicoterapéuticas para modelar el comportamiento, para eli­minar malos hábitos como fumar o beber y para combatir conductas impulsivas, no estamos tan acostumbrados a cultivar los atributos po­sitivos, el amor, la compasión, la paciencia y la generosidad, como ar­mas purificadoras de los estados mentales negativos. El método del Dalai Lama para alcanzar la felicidad se basa en la idea revoluciona­ria de que los estados mentales negativos no constituyen una parte in­trínseca de nuestra mente, sino que son obstáculos transitorios en la expresión de nuestro estado fundamental de alegría y felicidad.
Las escuelas más tradicionales de la psicoterapia occidental con­centran su acción en la neurosis del individuo; exploran su historia personal, sus relaciones, sus experiencias cotidianas (incluidos los sue­ños y las fantasías) y hasta la relación con el terapeuta, en un intento por resolver los conflictos internos del paciente, sus motivos incons­cientes y la dinámica psicológica que pueda encontrarse en el origen de sus problemas. Es decir, se centran en encontrar estrategias más sa­nas para afrontar las situaciones, un mejor ajuste, una mejora de los síntomas, antes que una formación de la mente para ser más feliz.
El rasgo más característico del método de formación de la mente, expuesto por el Dalai Lama, es la idea de que los estados positivos de la mente pueden actuar como antídotos contra los estados negativos. Al buscar paralelismos en la ciencia moderna del comportamiento, la terapia cognitiva es quizá la que más se le acerca. Esta psicoterapia se ha hecho cada vez más popular en las últimas décadas y ha demos­trado ser muy efectiva en una amplia variedad de problemas, parti­cularmente los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad. La terapia cognitiva moderna, desarrollada por psicote­rapeutas como Albert Ellis y Aaron Beck, se basa en la tesis de que las perturbaciones emocionales y los comportamientos inadaptados tie­nen su causa en distorsiones del juicio y en convicciones irracionales. La terapia consiste en ayudar al paciente a identificar, examinar y co­rregir sistemáticamente tales distorsiones. Los pensamientos correc­tores son, en cierto modo, antídotos Contra las pautas distorsionadas que son el origen del sufrimiento del paciente.
Una persona rechazada por otra, por ejemplo, responde con exce­sivo dolor. El terapeuta cognitivo ayuda a la persona a identificar la convicción irracional subyacente, que puede ser ésta: «Tengo que ser amado y aprobado por todas las personas significativas que haya en mi vida en todo momento; de no ser así, no valdré nada y la vida será horrible». El terapeuta le presenta pruebas que refutan esa convicción. Aunque este enfoque pueda parecer superficial, muchos estudios han demostrado que la terapia cognitiva obtiene buenos resultados. En el tratamiento de la depresión, por ejemplo, parte del principio que está originada por los pensamientos autopunitivos. De un modo similar a los budistas, que ven todas las emociones negativas como distorsiones, el terapeuta cognitivo considera los pensamientos generadores de depresión como «esencialmente distorsionados». En la depresión, el pensamiento considera los acontecimientos como una cuestión de todo o nada: o generaliza en exceso (si se pierde un trabajo, se piensa auto­máticamente: «Soy un fracasado») o se piensa selectivamente (si en Un día ocurren tres cosas buenas y dos malas, el deprimido deja de lado las buenas y sólo se fija en las malas). Así, al tratar la depresión, el te­rapeuta ayuda al paciente a neutralizar la aparición automática de pensamientos negativos (como por ejemplo: «No tengo absolutamen­te ningún valor») mediante la acumulación de información y pruebas que los contradigan (por ejemplo: «He trabajado duramente para educar a dos hijos», «Tengo talento para el canto», «He sido un buen amigo», «He mantenido un puesto de trabajo difícil»). Los investiga­dores han demostrado que al sustituir los modos de pensamientos distorsionados por información veraz, podemos producir un cambio en los sentimientos y mejorar así nuestro estado de ánimo.
El hecho mismo de que podamos cambiar nuestras emociones y contrarrestar los pensamientos negativos mediante la aplicación de otros pensamientos apoya la tesis del Dalai Lama, según la cual po­demos superar nuestros estados mentales negativos mediante la apli­cación de «antídotos», es decir, estados mentales positivos. Después de las recientes pruebas científicas de que se puede transformar la es­tructura y el funcionamiento del cerebro mediante el cultivo de nue­vos pensamientos, la observación de que podemos alcanzar la felicidad mediante el entrenamiento de la mente es completamente plausible.


Dalai Lama con Howard C. Cutler, M. D.
EL ARTE DE LA FELICIDAD

Traducción de José Manuel Pomares

viernes, 20 de abril de 2018

12 ~ Producir un cambio (1/2)

Cuarta parte
Superar los obstáculos

12 ~ Producir un cambio


El proceso de cambio

-Hemos analizado la posibilidad de alcanzar la felicidad elimi­nando nuestros comportamientos y estados mentales negativos. En general, ¿cómo se consigue superar los comportamientos negativos e introducir cambios positivos? -pregunté.
-El primer paso es el aprendizaje, la educación -contestó el Da­lai Lama-. Creo que ya he mencionado con anterioridad la impor­tancia del aprendizaje...
-¿Cuando habló de la importancia de comprender por qué son nocivas las emociones negativas?
-Sí. Pero para producir cambios positivos, el aprendizaje sólo es el primer paso. También hay otros factores, como la convicción, la de­terminación, la acción y el esfuerzo. Así pues, el siguiente paso con­siste en desarrollar nuestra convicción. El aprendizaje y la educación son importantes porque nos ayudan a desarrollar el convencimiento de que necesitamos cambiar, y aumentan nuestro compromiso. Y la convicción ha de cultivarse para convertirla en determinación. A con­tinuación, la determinación se transforma en acción; una determina­ción firme nos permite realizar un esfuerzo continuado para poner en marcha los verdaderos cambios. Este factor es decisivo.
»Así, por ejemplo, si se quiere dejar de fumar, lo primero es ser consciente de que fumar es nocivo para el cuerpo. Por tanto, tienes que educarte. Tengo entendido, por ejemplo, que la información sobre los efectos nocivos del tabaco ha permitido modificar el comportamien­to de mucha gente; ahora se fuma menos en los países occidentales que en un país comunista como China, debido precisamente a la disponibi­lidad de información. Pero, a menudo, ese aprendizaje por sí solo no es suficiente. Tienes que incrementar esa conciencia hasta que te lleve a una firme convicción sobre los efectos nocivos del tabaco. Eso for­talece a su vez tu determinación de cambiar. Finalmente, tienes que realizar un esfuerzo para establecer nuevos hábitos. Ése es el proceso de cambio, cualquiera que sea su objetivo.
»Ahora bien, al margen del comportamiento que intentes cam­biar, del objetivo hacia el que dirijas tus esfuerzos, necesitas desarro­llar una fuerte voluntad o deseo de hacerlo. Necesitas gran entusias­mo. En este aspecto el sentido de la urgencia es un factor clave que ayuda a superar los problemas. Por ejemplo, el conocimiento que se posee sobre los graves efectos del sida ha creado en muchas personas la necesidad perentoria de modificar el comportamiento sexual. Con frecuencia, una vez que se ha obtenido la información adecuada, sur­ge la seriedad y el compromiso.
»Así pues, la urgencia puede impulsar enérgicamente el cambio. En un movimiento político, la desesperación puede originarla hasta el punto de que la gente llega a olvidar incluso su hambre y su can­sancio en la busca de sus objetivos.
»El sentido de lo perentorio no sólo ayuda a superar los problemas personales, sino también los comunitarios. Cuando estuve en St. Louis, por ejemplo, hablé con el gobernador. Allí habían sufrido reciente­mente unas graves inundaciones. El gobernador me dijo que cuando Se produjeron temió que, dada la naturaleza individualista de la so­ciedad, la gente no cooperara, no se comprometiera.
»Pero hubo tanta cooperación que quedó muy impresionado. Para mí, eso demuestra que para alcanzar objetivos importantes necesita­mos desarrollar el sentido de lo perentorio. "Desgraciadamente -aña­dió con tristeza-, sucede a menudo que no percibimos que una si­tuación requiere una solución con urgencia."
Me sorprendió oírle subrayar esto porque en Occidente creemos que una actitud característica de los asiáticos es dejar que las cosas sigan su curso, derivada de su creencia de que se viven muchas vidas, de modo que si algo no sucede ahora, ya sucederá la próxima vez... -Pero ¿cómo se desarrolla en la vida cotidiana ese entusiasmo y esa decisión de cambiar? -pregunté.
-Para un budista practicante hay varias técnicas para generar en­tusiasmo. Buda habló sobre lo preciosa que es la existencia humana. Nosotros discutimos acerca del potencial que hay dentro de nuestro cuerpo, de los buenos propósitos a los que puede servir, de los benefi­cios y ventajas de tener una forma humana, etcétera. Esas discusiones nos instilan confianza, nos incitan a utilizar nuestro cuerpo de forma positiva.
»Después, para dar conciencia de la urgencia, que impulse a prác­ticas espirituales, recordamos nuestra transitoriedad, es decir, la muer­te, interpretada en términos muy convencionales y no en los aspectos más sutiles del concepto de transitoriedad. En otras palabras, se nos recuerda que algún día ya no estaremos aquí. Se estimula esa concien­cia, de modo que cuando se conjunta con la comprensión del enorme potencial de nuestra existencia surge en nosotros la urgente necesidad de utilizar provechosamente todos los preciosos momentos de nues­tra vida.
-Esa contemplación de nuestra transitoriedad parece una gran ayuda para desarrollar la urgencia de cambios positivos -comenté-. ¿No podrían utilizada también los no budistas?
-Creo que los no budistas deberían tener cuidado con algunas técnicas -contestó reflexivamente-. Porque -añadió echándose a reír- cabría utilizar la misma contemplación para el propósito opuesto Y decirse: «No hay garantía de que vaya a estar vivo mañana, así que será mejor que hoy me divierta».
-¿Tiene alguna sugerencia acerca de cómo podrían desarrollar ese sentido de la urgencia los que no son budistas?
-Bueno, como ya he señalado, aquí es donde intervienen la edu­cación y la información. Antes de conocer a ciertos expertos, por ejem­plo, yo sabía muy poco sobre la crisis del medio ambiente. Pero ellos me explicaron el problema al que nos enfrentamos, y fui consciente de la gravedad de la situación. Eso mismo puede aplicarse a otros pro­blemas que afrontamos.
-Pero, en ocasiones, incluso disponiendo de información, quizá no tengamos energía para efectuar el cambio. ¿Cómo podemos supe­rar eso? -le pregunté.
El Dalai Lama reflexionó antes de contestar.
-Creo que tenemos que establecer una distinción. La apatía obe­dece en ocasiones a factores biológicos, y entonces hay que trabajar para cambiar el estilo de vida. Así, por ejemplo, dormir lo suficiente, seguir una dieta saludable, abstenerse de tomar alcohol, etcétera, ayu­da a mantener la mente más alerta. En algunos casos quizá haya que recurrir incluso a medicamentos u otros remedios si la causa es una enfermedad. Pero también hay otra clase de apatía o pereza, la que Surge de la debilidad de la mente...
-Sí, a eso me estaba refiriendo.
-Para superar esta apatía y generar compromiso y entusiasmo que permitan cambiar comportamientos o estados mentales negativos, creo que el método más efectivo y quizá la única solución es ser siem­pre conscientes de los efectos destructivos del comportamiento nega­tivo. Quizá haya que recordar repetidas veces dichos efectos.
Las observaciones del Dalai Lama me parecían acertadas. Como psiquiatra, sin embargo, sabía que algunos comportamientos nega­tivos y formas de pensar están fuertemente arraigados, así como lo di­fícil que le resulta cambiar a la gente. Me he pasado muchas horas examinando y diseccionando la resistencia de los pacientes al cambio cuando hay en juego complejos factores psicodinámicos; así que pre­gunté:
-A menudo, la gente desea introducir cambios positivos en su vida, tener comportamientos más sanos..., pero en ocasiones parece producirse una especie de inercia o resistencia... ¿Cómo lo explicaría? -Es bastante fácil-dijo con naturalidad.
-¿Fácil?
-Eso ocurre porque nos habituamos a hacer las cosas de cierta ma­nera. Nos malcriamos y repetimos conductas que nos son familiares. 
-Pero ¿cómo podemos superar eso?
-Utilizando el hábito en beneficio propio. Al familiarizamos cons­tantemente con nuevas pautas de comportamiento, podemos estable­cerlas de modo definitivo. Le vaya dar un ejemplo: en Dharamsala solía iniciar la jornada a las tres y media de la mañana, aunque aquí, en Arizona, me estoy levantando a las cuatro y media. Duermo una hora más -dijo, sonriente-. Al principio se necesita un poco de es­fuerzo para acostumbrarse, pero al cabo de unos meses se convierte en una rutina y ya no hay necesidad de ningún esfuerzo. Así, si uno se acostara un poco más tarde, se podría tener una tendencia a querer unos minutos más de sueño, pero uno se seguiría levantando a las tres y media sin esforzarse. Ello se debe al poder de la costumbre.
»Del mismo modo, podemos superar cualquier condicionamiento negativo y efectuar cambios positivos en nuestra vida. Pero hay que tener en cuenta que el cambio genuino no se produce de la noche a la mañana. En mi caso, por ejemplo, si comparo mi estado mental ac­tual con el de, por ejemplo, hace veinte o treinta años, observo una gran diferencia. Pero a eso he llegado paso a paso. Empecé a estudiar el budismo aproximadamente a la edad de cinco o seis años, pero en aquella época no estaba interesado en los estudios -se echó a reír-, a pesar de que me llamaban la más alta reencarnación. Creo que has­ta que no tuve unos dieciséis años no empecé a pensar seriamente en el budismo. Fue entonces cuando inicié prácticas serias. Luego, con el transcurso de los años, desarrollé un profundo aprecio por los principios y prácticas budistas, que al comienzo me habían parecido casi antinaturales. Todo me vino a través de la familiarización gradual. Claro que el proceso duró más de cuarenta años.
»Como ve, en lo más profundo, el desarrollo mental requiere tiem­po. Si alguien dice: "Las cosas han mejorado después de pasar por muchos años de dificultades", me tomo esa afirmación muy seriamen­te y es muy probable que los cambios sean genuinos y duraderos. Pero si alguien dice: "En muy poco tiempo he tenido un gran cambio", dudo mucho de esa afirmación.
Aunque el análisis del Dalai Lama era irreprochable, había una cuestión que parecía quedar pendiente. -Ha mencionado la necesidad de un alto nivel de entusiasmo y determinación para transformar la mente, para efectuar cambios po­sitivos. Al mismo tiempo, sin embargo, reconocemos que el verdade­ro cambio sólo se produce con lentitud y puede exigir mucho tiempo -continué-. En consecuencia, es fácil desanimarse. ¿No se ha sen­tido nunca desanimado por el lento progreso en su práctica espiri­tual o por algún otro aspecto de su vida?
-Sí, desde luego -contestó. -¿Cómo afronta eso?
-Por lo que se refiere a mi práctica espiritual, si encuentro obstáculos o problemas, me resulta útil detenerme y echar una mirada a lar­go plazo. Existen unos versos que en esas circunstancias me transmi­ten valor y me ayudan a mantener mi determinación. Son éstos:

Mientras el espacio perdure, mientras queden seres sensibles, viva también yo para disipar las miserias del mundo.

»Ahora bien, por lo que se refiere a la lucha por la libertad del Tí­bet, si con la convicción expresada en esos versos estuviera dispuesto a esperar eones y eones... mientras el espacio perdure... bueno, creo que tendría una actitud estúpida. Hemos de implicamos activa e in­mediatamente. Claro que, en esta lucha por la libertad, al pensar en los catorce o quince años de esfuerzos negociadores, sin resultados, al pensar en casi quince años de fracasos, se despierta en mí un senti­miento de impaciencia o frustración. Pero ese sentimiento no me de­sanima hasta el punto de perder la esperanza.
Insistí:
-Pero ¿qué es exactamente lo que le impide perder la esperanza?
-Creo que me ayuda la amplitud de mi perspectiva. Por ejemplo, si observamos la situación del Tíbet desde una perspectiva estrecha, nos sentiremos impotentes. No obstante, si lo hacemos desde una pers­pectiva más amplia, vemos una situación internacional en la que se es­tán derrumbando los sistemas comunistas y totalitarios, en la que incluso existe en China un movimiento favorable a la democracia, en la que el ánimo de los tibetanos sigue siendo alto. Así que no abandono.

Llama la atención que un hombre con la formación filosófica y la práctica meditativa del Dalai Lama prescriba la educación como pri­mer paso para producir la transformación interna, en lugar de prácti­cas espirituales más trascendentales o místicas. Aunque casi todo el mundo reconoce la importancia de la educación, solemos pasar por alto su papel como factor vital para alcanzar la felicidad. Las investi­gaciones han demostrado que hasta la educación puramente acadé­mica contribuye a la felicidad. Numerosas encuestas han puesto de manifiesto, de forma concluyente, que los niveles superiores de educa­ción tienen ecos beneficiosos en la salud y hasta protegen de la depre­sión. Al tratar de determinar las razones de estos efectos, los científicos han sugerido que las personas mejor educadas son más conscientes de los factores de riesgo para la salud, están más capacitadas para adop­tar medidas que la favorezcan e incrementen la autoestima, tienen mayores habilidades para solucionar problemas y también disponen de estrategias más efectivas para afrontar las situaciones. Así pues, si la simple educación académica aparece asociada con una vida más fe­liz, ¿cómo no va a ser más importante el aprendizaje del que habla el Dalai Lama, que consiste en comprender y utilizar todo aquello que conduce a una felicidad duradera?
El siguiente paso en el camino del Dalai Lama hacia el cambio su­pone generar "decisión y entusiasmo». Estas actitudes también son señaladas por la ciencia occidental contemporánea como factores im­portantes para alcanzar los objetivos. El psicólogo educativo Benja­min Bloom estudió la vida de algunos de los artistas, atletas y cientí­ficos estadounidenses más destacados y descubrió que el impulso y la decisión, y no el talento natural, fue lo que les permitió triunfar. Por tanto, cabe concluir que también son factores determinantes en el arte de alcanzar la felicidad.
Los estudiosos del comportamiento han investigado ampliamente los mecanismos que inician, mantienen y dirigen nuestras activida­des, lo que se ha denominado «motivación humana». Los psicólogos han identificado tres clases principales de motivación. La primera es la motivación primaria, impulso basado en las necesidades biológicas para sobrevivir. Incluye, por ejemplo, las necesidades de alimento, agua y aire. La segunda agrupa las necesidades de estímulo e infor­mación, que para algunos investigadores son innatas e intervienen en la maduración y el funcionamiento del sistema nervioso. Por último, tenemos las motivaciones secundarias, derivadas de necesidades e impulsos adquiridos. Muchas de ellas están relacionadas con la nece­sidad de éxito y poder, influidas por fuerzas sociales y configuradas por el aprendizaje. Es aquí donde las teorías de la psicología moder­na se encuentran con el concepto del Dalai Lama de desarrollar "de­cisión v entusiasmo». En el sistema del Dalai Lama, sin embargo, el impulso y la decisión no se utilizan únicamente para buscar el éxito mundano, sino que se desarrollan a medida que se obtiene una com­prensión más clara de los factores que conducen a la verdadera felicidad y se utilizan en la búsqueda de objetivos superiores, como la com­pasión y el crecimiento espiritual.
El «esfuerzo» es el último factor del cambio. El Dalai Lama lo ca­racteriza como un factor necesario para establecer un nuevo condicio­namiento. La idea de que podemos cambiar nuestros comportamien­tos y pensamientos negativos mediante un nuevo condicionamiento no sólo es compartida por muchos psicólogos occidentales, sino que constituye el fundamento de la psicología conductista: las personas han aprendido a ser como son, de modo que adoptando nuevos con­dicionamientos se puede resolver una amplia gama de problemas.
Aunque la ciencia ha revelado recientemente que la predisposición genética de la persona tiene un papel muy claro en las respuestas del individuo ante el mundo, muchos psicólogos creen que buena parte de nuestra forma de comportamos, de pensar y de sentir viene deter­minada por el aprendizaje y el condicionamiento, es decir, por la educación y las fuerzas sociales y culturales. Y puesto que los comporta­mientos son reforzados por el hábito, se nos abre la posibilidad, tal como afirma el Dalai Lama, de erradicar el condicionamiento nocivo y sustituirlo por uno útil, la vida.
Realizar un esfuerzo continuado para cambiar el comportamiento no sólo es útil para superar los malos hábitos, sino también para cam­biar nuestros sentimientos fundamentales. Los experimentos han de­mostrado que así como nuestras actitudes determinan .nuestro com­portamiento, idea comúnmente aceptada, el comportamiento también puede cambiar nuestras actitudes. Los investigadores han descubierto que gestos inducidos experimentalmente, .como fruncir el entrecejo o sonreír, tienden a producir las  correspondientes emociones de cóle­ra o felicidad, lo que sugiere que el simple hecho de «hacer como SI», sobre todo si se practica con frecuencia, puede producir finalmente un verdadero cambio interno. Esto avala las prácticas propugnadas por el Dalai Lama. Con el simple acto de ayudar regularmente a los de­más, por ejemplo, aunque no nos sintamos particularmente altruistas, podemos desarrollar genuinos sentimientos de compasión.


Dalai Lama con Howard C. Cutler, M. D.
EL ARTE DE LA FELICIDAD

Traducción de José Manuel Pomares

martes, 17 de abril de 2018

11 ~ Encontrar significado en el sufrimiento (2/2)

Cuarta parte
Superar los obstáculos

Cómo afrontar el dolor físico

Al reflexionar sobre el sufrimiento durante los momentos de bie­nestar, descubrimos a menudo un valor y un significado profundo en él. En ocasiones, sin embargo, nos vemos enfrentados a padecimien­tos que no parecen tener ninguna cualidad redentora. El dolor físico pertenece a esa categoría. Pero hay una diferencia entre el dolor físi­co, que es un proceso fisiológico, y el sufrimiento, que es nuestra res­puesta mental y emocional al mismo. Así pues, se nos plantea la pre­gunta: ¿podemos encontrar una finalidad detrás de nuestro dolor, capaz de modificar nuestra actitud hacia el mismo? Y si cambiamos de actitud, ¿disminuiría el grado de sufrimiento?

En su libro Dolor: el dolor que nadie quiere, el doctor Paul Brand explora el valor del dolor físico. Brand, un cirujano de prestigio mun­dial y especialista en lepra, pasó los primeros años de su vida en la India, donde, como hijo de misioneros, se vio rodeado de personas que vivían en condiciones de extremada pobreza y sufrimiento. Al ob­servar en ellos una mayor tolerancia al dolor físico que en Occidente, se interesó por el fenómeno del dolor y efectuó un notable descubri­miento: la putrefacción de la carne se debía a la pérdida de la sensa­ción de dolor en las extremidades. Al no contar con la protección del dolor, los pacientes de lepra no disponían de un sistema que les advir­tiera del daño en los tejidos. El doctor Brand vio a pacientes que ca­minaban o corrían sobre extremidades cuya piel estaba desgarrada o incluso con los huesos al descubierto, lo que causaba su rápida des­trucción. A veces incluso introducían la mano en el fuego para retirar algo sin sentir dolor. Observó también en ellos una actitud de lo más indiferente hacia la autodestrucción. En su libro, Brand presenta mu­chos ejemplos de los efectos destructivos de vivir sin sensación de do­lor, las heridas recurrentes, las ratas que roían los dedos de manos y pies mientras el paciente dormía tranquilamente.
Después de una larga experiencia con pacientes que sufrían dolo­res agudos y con otros insensibles, Brand llegó a considerar el dolor no como el enemigo que es en Occidente, sino como un sistema biológico complejo que nos advierte para protegemos. Pero ¿por qué entonces la experiencia del dolor tiene que ser tan desagradable? Brand afirma que precisamente en eso reside su efectividad, pues obliga al organis­mo a afrontar el problema. Aunque el cuerpo cuenta con movimien­tos reflejos de protección, es la sensación de dolor la que impulsa a todo el organismo a prestar atención y actuar. También graba la ex­periencia en la memoria y nos sirve para protegemos en el futuro.
Así como encontrar significado a nuestro sufrimiento nos ayuda a afrontar los problemas, para Brand la comprensión de la finalidad del dolor físico contribuye a disminuir el sufrimiento. Si nos preparamos para el dolor, si comprendemos su naturaleza y reflexionamos sobre lo que sería la vida sin esa sensación, invertiremos en lo que Brand llama un «seguro para el dolor». No obstante, y como quiera que el do­lor agudo es capaz de acabar con toda objetividad, tenemos que re­flexionar sobre él antes de que aparezca. Si somos capaces de pensar en el dolor como «un discurso que pronuncia nuestro cuerpo sobre un tema de importancia vital, de una intensidad tal que llama inevitable­mente nuestra atención», entonces empezará a cambiar nuestra acti­tud, y en consecuencia disminuirá nuestro sufrimiento. «Estoy con­vencido -afirma Brand- de que la actitud que hayamos cultivado puede determinar el grado de sufrimiento cuando el dolor nos lle­gue.» Incluso cree que podemos desarrollar un sentimiento de grati­tud ante el dolor.
No cabe la menor duda de que nuestra, actitud y perspectiva men­tales determinan el grado de sufrimiento. Supongamos que dos indi­viduos, un trabajador de la construcción y un pianista, sufren la mis­ma herida en un dedo. Aunque el dolor sea el mismo para ambos, el obrero de la construcción sufre menos y hasta se alegra si la herida le procura ese mes de vacaciones pagadas que tanto necesitaba, mientras que esa misma lesión causa un intenso sufrimiento en el otro al impe­dirle tocar el piano, fuente fundamental de alegría en su vida.
Esto ha sido demostrado por numerosos estudios y experimentos científicos. Los investigadores han explorado las vías mediante las que se percibe el dolor: se inicia con una señal sensorial, una. alarma que se dispara en cuanto las terminaciones nerviosas son estimula­das. Millones de señales viajan por la médula espinal hasta la base del cerebro, que las clasifica y envía un mensaje a las zonas superiores, donde se elabora una respuesta. Es en esta fase en la que se le asigna valor al dolor; es decir, es en la mente donde convertimos el dolor en sufrimiento. Para disminuir éste, tenemos que efectuar una distinción entre el dolor que percibimos y el que creamos mediante nuestros pensamientos. El temor, la cólera, la culpabilidad, la soledad y la impo­tencia son respuestas capaces de intensificar el dolor. Así que, al afron­tar el dolor, debemos trabajar en los niveles más bajos de percepción del mismo, utilizar las herramientas de la medicina moderna, como los medicamentos por ejemplo, pero también podemos trabajar en los niveles superiores mediante la modificación de nuestra perspectiva y nuestra actitud.
Muchos investigadores han examinado el papel de la mente en la percepción del dolor. Pavlov entrenó incluso. a perros para que supe­raran el dolor al asociar una descarga eléctrica con una recompensa en forma de alimento. Ronald Melzak fue más lejos. Crió cachorros de terrier escocés en un ambiente protegido, sin los problemas pro­pios del crecimiento. Estos perros no consiguieron aprender las res­puestas básicas al dolor; no reaccionaban, por ejemplo, cuando se les pinchaba las patas con un alfiler, en contraposición con sus compa­ñeros de camada, que gañían de dolor cuando se los pinchaba. Sobre la base de experimentos como éstos, Melzak llegó a la conclusión de que buena parte de lo que llamamos dolor, incluida la respuesta emo­cional de displacer, era algo aprendido, no instintivo. Otros experi­mentos realizados con seres humanos, en los que se aplicó la hipno­sis y se utilizaron placebos, han demostrado también que, en muchos casos, las funciones superiores del cerebro pueden aceptar o descar­tar las señales de dolor que reciben. Esto indica que la mente puede determinar a menudo cómo percibimos el dolor y ayuda a explicar los interesantes descubrimientos de investigadores como Richard Stern­back y Bernard Tursky, de la Escuela de Medicina de Harvard (más tarde confirmados por un estudio de Maryann Bates y colaborado­res), quienes observaron diferencias significativas entre los diferentes grupos étnico s en cuanto a capacidad para percibir y resistir el dolor.
Parece, por tanto, que la afirmación de que nuestra actitud puede influir en el grado de sufrimiento no es una especulación, sino que está apoyada en pruebas científicas. En sus investigaciones, Brand hace otra observación fundamental. Sus pacientes de lepra declaran: «Cla­ro que puedo verme las manos y los pies, pero no los percibo como si fueran parte de mí. Es como si fueran simples herramientas». Así Pues, el dolor no sólo nos advierte y nos protege, sino que unifica nuestro cuerpo. Sin la sensación de dolor en manos o pies, estos miem­bros parecen no pertenecer a él y así como el dolor físico unifica nuestro cuerpo, la experiencia general del sufrimiento nos conecta a los demás. Quizá sea ése el sig­nificado principal del sufrimiento, una condición que compartimos con los demás, que une a todas las criaturas vivas.

Concluimos nuestro análisis del sufrimiento humano con la ense­ñanza por parte del Dalai Lama de la práctica del Tong-len, a la que se refirió en nuestra conversación anterior. Según explicaría él mismo, el propósito de esta meditación es fortalecer la compasión. Pero tam­bién podemos verla como una potente herramienta para transmutar nuestro sufrimiento. Podemos utilizar estas prácticas para aumentar nuestra compasión, al visualizar a otros que pasan por un sufrimiento similar, al absorber y disolver su sufrimiento en el propio, como un su­frimiento por delegación.
El Dalai Lama impartió esta enseñanza ante un numeroso público en una tarde particularmente calurosa de septiembre, en Tucson. El aire acondicionado del local, que luchaba contra la alta temperatura del desierto, se vio finalmente superado por el calor generado por mil seiscientos cuerpos. El calor reinante fue particularmente apropiado para una meditación sobre el sufrimiento.

La práctica del Tong-len

-Esta tarde meditaremos sobre el Tong-len, el «dar y recibir». Esta práctica está destinada a entrenar la mente, a fortalecer el poder natural y la fuerza de la compasión, porque la meditación Tong-len ayuda a contrarrestar nuestro egoísmo. Aumenta el poder y la forta­leza de nuestra mente al intensificar nuestra capacidad para abrimos al sufrimiento de otros.
»Para empezar este ejercicio primero hay que visualizar a nuestro lado a un grupo de personas que necesitan ayuda, sumidas en el su­frimiento y en un estado de extrema pobreza. Visualicen a este grupo de personas con claridad. Luego, al lado de ellas, visualícense a sí mismos como egocéntricos, con una arraigada actitud egoísta, indiferen­tes a las necesidades de los demás. Entre este grupo de personas que sufren y esta representación egoísta de sí mismos, véanse en el centro, como un observador neutral.
»A continuación, observen hacia cuál de los dos lados se inclinan ustedes de modo natural. ¿ Se inclinan más hacia ese individuo singu­lar, la personificación del egoísmo? ¿O sus sentimientos naturales de empatía fluyen hacia el grupo de personas necesitadas? Si piensan con objetividad, concluirán que el bienestar de un grupo es más importante que el de un individuo.
»Después, dirijan su atención a las personas necesitadas y deses­peradas. Dirijan toda su energía positiva hacia ellas. Ofrézcanles men­talmente sus éxitos, sus recursos, sus virtudes. Una vez hecho eso, asuman el sufrimiento de esas personas, sus problemas y todas sus di­ficultades.
»Se puede imaginar, por ejemplo, a un niño hambriento de Soma­lia. En este caso, el profundo sentimiento de empatía no se basa en consideraciones como "Es mi pariente" o "Es mi amigo". Ni siquie­ra conoce usted a esa persona. Pero el hecho de que usted y el otro sean seres humanos permite que surja su capacidad natural para la empa­tía y que pueda usted abrirse al otro. Piense entonces: "Este niño no tiene capacidad para aliviar su infortunio". Entonces, mentalmente, asuma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la pobreza, el hambre y la privación de este niño y ofrézcale mentalmente sus posesiones, ri­queza y éxitos. Así puede entrenar su mente, mediante esta clase de visualización de "dar y recibir".
»A veces resulta útil empezar esta práctica imaginándose en el fu­turo como una persona que sufre y, con una actitud de compasión, asumir ese sufrimiento en el presente, con el sincero deseo de liberar­se de todo sufrimiento futuro. Una vez haya adquirido algo de práctica para generar un estado mental de compasión hacia sí mismo, pue­de ampliar su compasión para incluir a los demás.
»Al "asumir sobre sí", es útil visualizar los infortunios bajo as­pecto de sustancias venenosas, armas peligrosas o animales terrorífi­cos, cosas ante las que normalmente se estremecería. Visualice el su­frimiento como si hubiera adquirido estas formas y luego absórbalas directamente en su corazón.
»El propósito de visualizar estas formas negativas y aterradoras, que se disuelven en nuestros corazones, es el de destruir las habituales actitudes egoístas que residen en ellos. No obstante, para aquellas personas que puedan tener problemas con su imagen, con un bajo ni­vel de autoestima, es importante considerar si esta práctica es apro­piada.
»El Tong-len es muy poderoso si se combina el "dar y recibir" con la respiración; es decir, imaginen "recibir" en el momento de inspirar y "dar" en el momento de espirar. Durante estas visualizaciones, pro­bablemente experimentarán una ligera incomodidad. Eso indica que se ha alcanzado el objetivo: la actitud egocéntrica. y ahora, meditemos.

Al terminar la enseñanza del Tong-len, el Dalai Lama señaló que ningún ejercicio en particular es atractivo o apropiado para todo el mundo. En nuestro viaje espiritual, es importante decidir si una prác­tica es adecuada para nosotros después de comprender su esencia. Eso fue lo que me sucedió a mí cuando intenté seguir las instrucciones del Dalai Lama sobre el Tong-len aquella misma tarde. Descubrí que te­nía dificultades, un sentimiento de resistencia, aunque no logré des­cubrir de qué se trataba. La misma noche, sin embargo, al pensar en las instrucciones del Dalai Lama, me di cuenta de que mi resistencia se había desarrollado ya desde el principio, cuando el Dalai Lama se­ñaló que el grupo era más importante que el individuo. Se trataba de algo que ya había escuchado con anterioridad; el axioma de Vulcan propuesto por Spock en Star Trek: las necesidades de la mayoría de­ben anteponerse a las de la minoría. En esa afirmación había sin em­bargo algo que me molestaba. Antes de planteárselo al Dalai Lama, sondeé a un amigo que había estudiado el budismo durante mucho tiempo, quizá porque yo no deseaba aparecer como el que «sólo quie­re ser el número uno».
-Hay una cosa que me molesta... -le dije-. Eso de que las nece­sidades del grupo son más importantes que las del individuo tiene sen­tido en la teoría, pero en la vida cotidiana no interactuamos con la gente en masa, sino con individuos. En ese nivel de uno a uno, ¿por qué deberían valer más las necesidades del otro que las mías? Yo también soy un individuo... Somos iguales...
Mi amigo quedó pensativo un momento.
-Bueno, eso que dices es cierto. Pero si realmente consideras a cualquier individuo como un igual, ya es suficiente para empezar. No necesité acudir al Dalai Lama.

Dalai Lama con Howard C. Cutler, M. D.
EL ARTE DE LA FELICIDAD

Traducción de José Manuel Pomares