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"Te advierto, quien quieras que fueres, ¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros ¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses." ORACULO DE DELFOS

sábado, 18 de febrero de 2017

El Poder Invocador del Hombre

     Si analizamos el pasado, vemos que se ha prestado poca atención al factor invocación,  como lo expresa los pueblos del mundo; sin embargo, en el transcurso de las edades, el clamor invocador de la humanidad se ha elevado hacia Quienes nos guían y siempre se ha obtenido respuesta.

     Shri Krishna en el Canto del Señor, "El Bhagavad Gita", dio una afirmación espiritual que fue un enunciado preparatorio para la venida de Cristo.  Ese canto dice:

     "Siempre que haya un debilitamiento de la Ley y un crecimiento de la ilegalidad en todas partes, entonces Yo Me manifiesto.  Para la salvación de los justos y la destrucción de aquellos que hacen mal.  para el firme establecimiento de la Ley Yo vuelvo a nacer edad tras edad"

     Otro ejemplo de una invocación notable y muy antigua reside en el "Gayatri", donde la gente invoca al Sol de la Rectitud, con las palabras siguientes:

     "Descubrenos la faz del verdadero Sol espiritual,
oculto tras un disco de luz dorada,
a fin de poder conocer la verdad y cumplir nuestro deber,
al encaminarnos hacia Tus sagrados pies".

     A esto deberíamos añadir también las Cuatro Nobles Verdades, enunciadas por Buda y bien conocidas por todos nosotros, que resumen las causas y el origen de todas las dificultades que conciernen a la humanidad.  Luego vino Cristo y nos dio la ley fundamental del universo, la Ley del Amor.  Puso énfasis sobre la Paternidad de Dios, la llegada de Su Reino y las rectas relaciones humanas.  Hoy existe, como una síntesis divina de grandes verdades.  La Gran Invocación, tal como la emplean los elevados Seres.  La excepcionalidad de esta plegaria consiste en que es, en realidad, un gran método de integración, Vincula al Padre, al Cristo y a la humanidad, en una gran relación. 

     La Gran Invocación relaciona la Voluntad del Padre (o de Shamballa, el Centro donde la Voluntad de Dios es conocida), el Amor de la Jerarquía de Maestros y el Servicio de la Humanidad, en un gran Triángulo de Energías, que fortalecerá el trabajo para "sellar la puerta donde se halla el mal" y para impulsar el desarrollo del Plan de Luz y de Amor mediante el poder de Dios. liberado sobre la tierra. por medio de la Invocación.

     Llegamos al punto en que es necesario aclarar, también, el significado de la palabra Invocación y que es invocar.  Otra palabra, para reflexionar es evocación, por ser la respuesta o consecuencia de haber invocado.

     Estas dos palabras, invocación y evocación, describen ese algo misterioso, emanación, demanda silenciosa, es el impulso innato hacia la luz, subyacente en todas las formas, es lo que produce interacción y relación en la luz y en todo progreso o avance siendo la causa de ello, en el sendero de la conciencia en expansión.  Lo mismo sucede en la planta que se abre camino, de la oscuridad del suelo a la luz del sol;  en el niño que se desprende, por impulso de la vida, de la matriz de la madre;  en el ser humano que se esfuerza por ir en busca de un mayor conocimiento que le permita acercarse a la verdad.

     Todo se produce como parte de un gran sistema de invocación y evocación, de demanda y respuesta, y todos son característicos del "método de vida" que rige a todos los seres en nuestro planeta.  Este evolutivo impulso hacia delante, en el Camino Iluminado, de la oscuridad a la luz, de lo irreal a lo real y de la muerte a la inmortalidad, es un anhelo innato en todas las formas.  Así de grande y profundo es el significado de estas palabras: invocación y evocación.  Observamos que el hombre siempre ha invocado;  sus actitudes y respuestas en su vida son en sí mismas, análogamente, como una siembra y su resultante cosecha, que no necesariamente tiene que ser expresamente verbalizado sino sólo pensado. 

     La humanidad invocará al poder espiritual de Dios, y la Jerarquía responderá al llamado, y entonces se realizarán los Planes de Dios en la Tierra.  La Jerarquía invocará, en una vuelta más elevada de la espiral evolutiva, al "Centro donde la Voluntad de Dios es conocida", invocando así al Propósito de Dios.  La Voluntad de Dios será complementada por el Amor, y manifestada inteligentemente;  para esto la humanidad está preparada y el mundo espera. 

     Esto es verdaderamente "religión", puesto que debemos "religar", volver a unir el cielo (nuestro aspectos espiritual), con la tierra (nuestro aspecto personal).  Por lo tanto podemos afirmar que: Religión es el nombre asignado al llamado invocador de la humanidad y la respuesta,  a dicha demanda, evocada por esa Vida más grande.  Es la ciencia de invocación y evocación, y en lo que concierne a la humanidad, constituye el "Acercamiento" (en la futura nueva era) de una humanidad polarizada mentalmente.

     En el pasado la religión ha tenido un atractivo totalmente emocional.  Se ocupaba de la relación del individuo con el mundo físico y de buscar aquellos que aspiraban a la divinidad.  Su técnica consistió en capacitar al hombre para revelar esa divinidad, lograr una perfección que justifique esa revelación y desarrollar la sensibilidad y la respuesta amorosa al Hombre Ideal, resumida en Cristo para la humanidad actual.  Cristo vino para poder fin a este ciclo de acercamiento emocional, existente desde los días atlantes.  Demostró en Si Mismo la perfección visualizada y dio a la humanidad un pleno ejemplo de todas las posibilidades latentes en el hombre, hasta esa época.  Entonces el logro de la conciencia cristica, es decir una conciencia amorosa, se convirtió  en el objetivo principal de la humanidad.


martes, 14 de febrero de 2017

LA GRAN INVOCACIÓN

     Siempre saber es mejor que ignorar; ignorar es estar en la oscuridad, no ver, no comprender.
    La luz del conocimiento nos permite ver, y asi hacer mejor cualquier trabajo que emprendamos, pudiendo orientarnos en la dirección correcta, es decir en el sendero de acercamiento a la verdad.            Para ello es necesario  poseer la información que nos lleve al verdadero reconocimiento de lo que ignoramos, por esto y con la intención de que todos sepamos el profundo significado de la Gran Invocación, es que nace este cuadernillo.  Surge también como un aporte para ofrecer la posibilidad de utilizar correctamente estas maravillosas palabras y mejorar, a su vez. las distintas actitudes de las personas al pronunciarlas.
     Este poderoso mántram o plegaria, el cual no pertenece a ningún grupo en particular sino a toda la humanidad, apunta a invocar a ese Ser supremo, dador de Vida, en quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, denominado Dios por algunas personas,  Pero el término para mencionarlo no debe hacernos olvidar que es Uno para la humanidad como un todo, así como para los otros reinos de la naturaleza, ya que gracias a Él existimos.
     También invoca o demanda la presencia del representante del Amor de Dios en nosotros, conocido por los cristianos con el nombre de Cristo, pero que los budistas Mencionan como Bodhisattva, los musulmanes conocen con el nombre de Imán Madi, y los judíos lo llaman el Mesías.  Sin embargo, todos se refieren al mismo Señor de Amor puro, no importa las diferencias que el hombre haya hecho en las religiones.
     La Gran Invocación es también un llamado a todos los seres humanos, a su corazón y su mente, para que dejen fluir el amor y la luz que esencialmente guardan, y que ambas cualidades sellen la puerta a todo aquello que no les permita avanzar en el sendero evolutivo, los retrase y ancle en la oscuridad de la caverna en la que han vivido hasta ahora, reconociendo el poder que existe en ssu interor para aceptase, en razón y conciencia, como un Hijo de Dios, y reconocer también a sus hermanos, logrando armonía a su vez, con la Naturaleza.
     La belleza y la fuerza de esta Invocación, reside en su sencillez y en la expresión de ciertas verdades esenciales que todos los hombres aceptan innata y normalmente; la verdad de la existencia de una Inteligencia básica a la que vagamente damos el nombre de Dios; la verdad de que detrás de toda apariiencia externa, el Amor es el poder otivador del Universo; la verda de que vino a la tierra una gran Individualidad llamada Cristo por los cristianos, que encarnó ese amor para que pudiéramos comprender; la verdad de que el Amor y la Inteligencia son consecuencia de los que se denomina Voluntad de Dios y, finalmente, la verdad de que el Plan Divino sólo puede desarrollarse a través de la Humanidad.
      Por eso es que la primera estrofa de la Gran Invocación dice:


"Desde el Punto de Luz en la Mente de Dios,
Que afluya Luz a las mentes de los hombres,
Que la luz descienda a la tierra"

     Por esa luz, se reconocerá el trabajo que debe hacer en su vida el hombre, para seguir el sendero correcto, ya que el presente está lleno de promesas y también de dificultades; como siempre la humanidad tiene en sus manos el destino del mundo.  Sin luz seguirá perdido como en un laberinto, mas si todas las personas de buena voluntad subordinan sus propios intereses personales a la tarea inmediata de practicar y difundir correctas relaciones humanas, tendremos lo que gráficamente podría describirse como la inauguración de una gran estación de Luz en la Tierra y la fundación de una gran usina de poder, que acelerará grandemente la evolución de la humanidad y el desarrollo de la conciencia humana.  La mente (concreta y abstracta, inferior y superior) se desarrolla constantemente, y a medida que lo hace, la Voluntad, el Propósito y el Plan de la Deidad, comienzan a tomar forma en las mentes de los hombres.

     La segunda estrofa, dice:  

"Desde el punto de Amor en el corazón de Dios,
Que afluya Amor a los corazones de los hombres,
Que Cristo retorne a la tierra"

El hombre se dirige al Señor de Amor, pues él mismo debe despertar el amor y la sabiduría, necesarios para relacionarse inofensivamente con el medio ambiente mundial.  Cristo dijo a toda la humanidad, no sólo a los cristianos: "Ama a tu prójimo como a ti mismo"  Sin embargo, hemos prestado poca atención a este enunciado.  Nos amamos a nosotros mismos y tratamos de amar a las personas que nos gustan,  Pero amar en forma universal y amar al prójimo, porque es un alma como nosotros, de naturaleza esencialmente perfecta y con un infinito destino, ha sido siempre considerado como un hermoso sueño a realizarse en un futuro tan remoto y en un cielo tan lejano que es mejor olvidarlo. ¿Hemos considerado lo que sería el mundo de hoy si los hombres hubiéramos escuchado las palabras de este gran Ser y hubiésemos tratado de obedecer Su mandato?  Pero no ha sido así, de allí nuestras actuales condiciones mundiales modernas.  
     Al comprender el amor verdaderamente como sensibilidad, pensamiento y aspiración, se esclarecerá el gran problema del hombre, que lo liberará de la esclavitud de los amores inferiores y adquirirá la libertad que otorga el amor y la liberación del que posee todas las cosas y , sin embargo, no desea nada para el yo separado.
     En su tercera estrofa, esta maravillosa plegaria dice:

"Desde el Centro donde la Voluntad de Dios es conocida,
Que el Propósito guíe a las pequeñas voluntades de los hombres,
El Propósito que los Maestros conocen y sirven"

     Todo el Universo es guiado por la sencilla razón de que existe, indiscutiblemente, para una mente amplia y abierta, una inteligencia Superior que ha Ordenado el Universo mismo con todo lo que hay dentro de él, pudiéndolo comprobar el individuo, al reflexionar sobre la perfección del cuerpo humano.  Dicho Orden es ajeno al hombre, siendo éste sólo una parte infinitesimal de la galaxia.  Sin embargo, la ciencia nos dice que lo único que podemos realmente conocer con certeza es el mundo tangible de los diversos y diferentes fenómenos, con sus formas, mecanismos, tubos de ensayo, laboratorios y los cuerpos de los hombres "creados en forma maravillosa y dignos de admiración".   Estos, producen pensamientos, sueños e imaginaciones y se expresan en el campo del arte, la literatura, la ciencia o en la simple vida cotidiana del ser humano común que vive, ama, trabaja, se divierte, engendra hijos, se alimenta, gana dinero y duerme.  ¿Y después qué?  ¿Desaparece el hombre en la nada o sigue viviendo en algún lugar una parte de él, hasta ahora invisible? ¿Existe un principio inmoral, una entidad sutil intangible que tiene existencia, ya en el cuerpo o fuera de él, y que es el Ser inmutable e inmortal, que la creencia en Él ha sostenido a incontables millones de seres en el transcurso de las épocas?  Reflexionar sobre esto traerá luz al investigador.  La ciencia paulatinamente se acerca un poco más al verdadero reconocimiento del mecanismo y la naturaleza de la forma.  Los pensadores espiritualmente orientados que afirman la existencia de un ente inmortal, también se han esforzado por una mayor captación de lo real, ambos oportunamente unirán sus conclusiones, siendo éstas, dos caras de la misma moneda, que nunca deben ser consideradas como antagónicas.
   La teoría hilozoísta afirma la existencia de una sustancia viviente, compuesta de una multiplicidad de vidas sensibles, las que son impulsadas continuamente a manifestarse, mediante el "aliento de la Vida Divina".  Dicha teoría no reconoce la existencia de la materia inorgánica, y recalca el hecho de que todas las formas están construidas de vidas infinitesimales, que en su totalidad, grandes o pequeñas, constituyen una Vida, conglomerado de vidas que a su vez son parte integrante de una Vida Mayor.  Tenemos así la gran escala de vidas que se manifiestan en máxima expresión y van desde esa diminuta vida llamada átomo (de la cual la ciencia se ocupa), hasta esa vasta vida atómica que llamamos un sistema solar.
     Esta es una definición breve e inadecuadamente expresada de la doctrina hilozoísta, y una tentativa de interpretar y encontrar el significado del mundo fenoménico manifestado, con sus tres principales características.  Vida, Conciencia y Forma.  Así, podemos afirmar que la vida de la humanidad toda (suma de las vidas de los individuos que la componen), posee una guía mayor, los llamados Maestros o Hermanos Mayores, Quienes, siguiendo el camino evolutivo, ya pasaron por la etapa humana, tal como la maestra ya fue alumna, estando hoy capacitada y viviendo otro momento de la vida, enseña a sus alumnos y puede guiar a los nuevos estudiantes compartiendo ambos la misma escuela pero teniendo gran diferencia de conocimiento, madurez y sabiduría.
     A su vez dichos Maestros, por formar parte de una Vida mayor, como dijimos anteriormente, también son guiados por la Voluntad de Seres aún superiores a Ellos, desde un nivel de Conciencia superior.  Ese es el Centro donde la Voluntad De Dios es conocida.  Los Maestros, nuestros guías, conocen el Propósito de la Deidad y lo transmiten a la humanidad como Plan, por eso lo llamamos el Plan de Dios, que es desarrollar en el hombre su aspecto Conciencia, mediante la rectitud de vida y sobre todo la inofensividad.  Esto lo podemos comprobar al estudiar la doctrina de los grandes iluminados que ha tenido la humanidad, así nos daremos cuenta que el mensaje es el mismo: Amor y Sabiduría.  Comprendiendo lo expuesto, el hombre espiritualmente orientado, el de buena voluntad, se esforzará para practicar dicho mensaje, no importando la religión a la que pertenezca. 
     El párrafo anterior aclara en parte la siguiente estrofa de la Gran Invocación, que dice:

"Desde el centro que llamamos la raza de los hombres,
Que se realice el Plan de Amor y de Luz,
Y selle la puerta donde se halla el mal.
(1)
Que la Luz, el Amor y el Poder
reestablezcan el Plan en la Tierra"

     Hoy la humanidad se encuentra en un momento excepcional, punto medio entre un pasado desventurado y un futuro lleno de oportunidades.  La sabiduría activada y motivada por el amor, e inteligentemente aplicada a los problemas mundiales, es en la actualidad, muy necesaria, lo cual no fue aún descubierta excepto por las pocas almas iluminadas de todas las naciones.  Debería haber más personas que sepan amar con sabiduría y apreciar la aspiración grupal, antes de poder ver la próxima realidad que debemos conocer, la cual surgirá de las tinieblas que estamos ahora en proceso de disipar, sellando la puerta donde se halla el mal, pues la armonía, expresada en belleza y poder creador, se adquiere mediante la lucha, la tensión y el esfuerzo,  El conocimiento expresado oportunamente por la sabiduría, sólo se logra por la angustia que causan las decisiones, presentadas sucesivamente, que al ser sometidas a la inteligencia discriminadora durante las experiencias de la vida. traen finalmente el sentido de los verdaderos valores, la visión del ideal y la capacidad de diferenciar la realidad que está detrás del espejismo que se interpone.
     En síntesis, podemos afirmar que esta magnifica Invocación, posee un poder propio, el cual se demuestra en el hecho de que miles de personas ya la están recitando.  Los pueblos del mundo se acercan a ella considerándola como plegaria a Dios Trascendente.
     Vale aclarar el significado de Dios Trascendente.  Es ese Dios más vasto, más incluyente que el mundo de Su creación, que es reconocido universalmente y aceptado por todos los credos, y que es quien ha dominado el pensamiento religioso de millones de personas sencillas y espirituales en el transcurso de los siglos, dese que la humanidad inició su camino hacia la divinidad.  Es ese Dios que reconocemos y que, podríamos decir, consideramos fuera de uno mismo, que está allá en el "cielo" o en niveles más sutiles de existencia, al cual consideramos como observador y a quien nos dirigimos al pedir, y no lo consideramos dentro nuestro, pues si así fuera, aceptaríamos al Dios Inmanente.  Este Dios inmanente está radicado en lo más profundo del corazón humano, es quien divinamente todo lo compenetra e internamente lo condiciona,  Expresa la divinidad ingénita a través de los seres humanos y, hace dos mil años, personificó la naturaleza de esa divina Inmanencia en Cristo.
     Los pueblos, sin excepción, podrían utilizarla como plegaria que ilumina a los gobernantes y dirigentes de los vastos grupos que manejan los asuntos mundiales; como ruego para que afluya amor y comprensión en re los hombre y puedan vivir en paz entre sí;  como demanda para que se cumpla la Voluntad de Dios y como invocación para fortalecer la responsabilidad de los hombres, a fin de que los males actuales, que tanto angustian y confunden a la humanidad, puedan ser eliminados y frenar esa indefinida fuente del mal.  Finalmente, sería bueno, que fuese considerada como oración, para que se restablezca una condición primordial de serenidad, paz y se produzca en la tierra la disminución paulatina y creciente de todo sufrimiento y dolor.
     Todas las personas de buena voluntad y aquellos que están espiritualmente orientados lograrán un acercamiento más profundo y comprensivo a esta Invocación.  Ellos reconocerán el mundo de las causas y a Quienes subjetivamente se hallan detrás de los asuntos mundiales, los Dirigentes espirituales de nuestra vida.  Dichos grandes Seres están preparados para alentar a quienes poseen verdadera visión, y también, revelar aquello que permitirá a la humanidad pasar de la oscuridad a la luz.
     Como dijimos anteriormente, debemos reconocer que algo inteligente y espiritual dirige a la humanidad,  no importa como lo llamemos, Propósito guiador, o Voluntad de Dios, para otros son las tendencias inevitables del proceso evolutivo o bien se puede creer en las fuerzas espirituales del planeta;  incluso hay muchos que hablan de la guía del Cristo y sus discípulos.  Sea lo que fuere, existe un reconocimiento universal de un Poder guiador, que ejerce presión en una dirección a través de las edades, lo cual parece conducir todo hacia un culminante Bien.
     Una dirección definida ha conducido desde la etapa del hombre primitivo hasta el punto evolutivo en que puede aparecer un Platón, Un Shakespeare, un Da Vinci, por ejemplo.  Algún poder ha evocado la capacidad del hombre para formular ideas, producir sistemas de teología, de ciencia y de gobierno; algún poder motivador interno ha dado al hombre la capacidad de crear belleza, descubrir los secretos de la naturaleza, alguna comprensión de la responsabilidad divina subyace en la filantropía, los sistemas educativos y el movimiento de bienestar en todo el mundo.  El progreso el espíritu humano ha sido de irresistible desarrollo, de creciente apreciación de la realidad, la armonía y la sabiduría.  El instinto  se ha convertido en intelecto, el intelecto comienza a desarrollarse en intuición.  La intuición es la captación sintética de la verdad, que es una prerrogativa del alma; es captar comprensivamente el principio de universalidad.  Cuando existe, se pierde, por lo menos momentáneamente, todo sentido de separatividad, cuando se reconoce es Amor Universal, que no tiene relación con el sentimiento ni con la reacción afectiva, sino que predominantemente se identifica con todos los seres.
     Esta imagen de la belleza del espíritu humano debe compararse con la imagen del egoísmo y la crueldad de hombre, y su inhumanidad hacia él mismo.  Ambas imágenes son reales pero únicamente la de la belleza es eterna, la otra es transitoria. 
     El hombre es un compuesto de expresiones superiores e inferiores, y en todas las guerras y dificultades que acompañan su progreso a través de las edades, subyace una constante y antigua lucha entre la aspiración espiritual y su deseos materiales.  Hoy esta condición está centrada en el conflicto que se libra entre los poderes totalitarios y las naciones que luchan por los derechos del espíritu humano y la libertad de la humanidad.
       Debemos aclarar cuál es el significado de la palabra espiritual. El empleo que hacemos de ella, no tiene que ver con la forma en que la emplean las religiones ortodoxas, excepto hasta donde la expresión religiosa forma parte de la espiritualidad general de la humanidad.
     Es espiritual todo lo que tiende a la comprensión, a la bondad, a aquello que produce belleza y puede conducir al hombre a una expresión más plena de sus potencialidades divinas.  Es perjudicial o indeseable todo lo que introduce al hombre más profundamente en el materialismo, omite los valores superiores de la vida, fomenta el egoísmo, erige barreras al establecimiento de rectas relaciones humanas y nutre la  separatividad, el temor y la venganza.
     Podemos decir que la palabra espiritual abarca todas las fases de la experiencia viviente; es aquello que está más allá de la actual etapa de realización; es lo que personifica la visión e impulsa al hombre adelante hacia una meta más elevada que la alcanzada, es toda actividad que impele al ser humano hacia alguna forma de desarrollo (físico, emocional, mental e intuitivo) esto es esencialmente espiritual e indica la vivencia de la entidad divina interna.

 http://lucis.org/la-gran-invocacion/proposito-de-fundacion-lucis/

(1)  Que sólo por medio de la propia humanidad puede ser expresado el Plan Divino.
Por medio de la invocación, de la meditación y de la plegaria, ciertas energías divinas pueden ser liberadas y puestas en actividad. Hombres y mujeres de buena voluntad de todas las creencias y nacionalidades pueden unirse dentro del servicio mundial, llevándole el valor espiritual y la fuerza resolutiva a un mundo atribulado y lleno de conflictos. Por el empleo concentrado y unificado de esta Invocación pueden los hombres alterar los acontecimientos mundiales. El conocimiento de este hecho, científicamente aplicado, puede convertirse en uno de los grandes factores de liberación de la humanidad.
Nadie que emplee esta invocación o plegaria para la iluminación y el amor dejará de producir cambios en sus propósitos de vida y en sus actitudes. “Tal como piensa un hombre en su corazón así es él”.
La Gran Invocación no pertenece a religión particular alguna ni a ninguna secta o grupo.
La Gran Invocación aumentó a cinco estrofas:



lunes, 13 de febrero de 2017

La Libertad Interior. 8ª Conversación 23 de Julio de 1968

¡MARAVILLOSA Semana!!!

Creo que todo ser humano desea alguna experiencia trascendente, alguna emoción o un estado mental que no esté preso en la monotonía cotidiana, en la soledad y el fastidio de la vida. Todos queremos un objeto por qué vivir. Queremos dar un significado a la vida, porque la encontramos más bien aburrida, llena de turbulencia, y al parecer, sin sentido; por eso inventamos un propósito, una significación, llenamos la vida de palabras, de símbolos, de sombras. La mayoría de nosotros aceptamos involuntariamente una vida superficial, pero rodeándola de gran misterio.

Existe un misterio algo muy increíble - que no puede ser apresado por una creencia, por una experiencia ni por ningún anhelo. Hay un «misterio» en realidad no debería usar esa palabra - hay algo que no puede expresarse en palabras; no tiene nada que ver con el sentimiento, ni con una explosión emotiva y sólo puede advenir cuando no estamos presos en lo «conocido». Pero la mayoría de nosotros no sabemos siquiera lo que es «lo conocido» y así, sin comprender fundamentalmente nuestra naturaleza con sus crudos instintos animales, su violencia y agresividad, tratamos de alcanzar mentalmente o por algún proceso meditativo, una visión, un sentimiento de «algo diferente». Creo que esto es lo que muchos buscamos a tientas, no importa lo que seamos, comunistas o católicos o adeptos de alguna pequeña secta que tomamos como entretenimiento. Todos queremos algo que sea increíblemente bello, inviolable, que no se halle sujeto en la red del tiempo.

Estamos presos en lo «conocido»; y «lo conocido», el conocimiento de nosotros mismos, es muy difícil de comprender. ¡Es tan difícil mirarnos a nosotros mismos cara a cara, sin que medie ningún prejuicio, ninguna opinión, ningún juicio, simplemente mirarnos tal como somos! Hemos heredado del animal, del mono, todos los instintos y reacciones; hemos crecido con todas las tradiciones y culturas; esas son las cosas que no nos gusta mirar; esas cosas constituyen lo «conocido».

¡Si sólo pudiéramos mirar dentro de nosotros mismo! Muchos de nosotros, por desgracia, no parecemos dispuestos a hacerlo. Queremos hallar algo extraordinariamente bello, algo noble, pero sin querer admitir lo que es, lo real, conocido consciente o inconscientemente, aunque la mayoría de nosotros no lo sabemos. ¡Tenemos tanto miedo de ir más allá de esto «conocido»! Para ir más allá, tenemos que examinarlo, tenemos que estar en completa intimidad y familiarizarnos con ello, comprender su estructura y naturaleza. La mente no puede trascender los hechos de lo conocido si no los ha comprendido y vivido totalmente, por completo, en íntimo contacto con los movimientos del pensamiento y del sentimiento, con la brutalidad, con los instintos animales. Sólo entonces puede uno ir más allá y encontrar algo que puede llamarse la verdad, y una belleza que no está separada del amor; un estado, una dimensión diferente, donde hay un movimiento siempre nuevo, fresco, joven, decisivo.

¿Por qué estamos tan inclinados a aceptar? No importa lo que sea. ¿Por qué accedemos tan fácilmente y decimos que «sí» a las cosas? Seguir es una de nuestras tradiciones; como los animales en una manada, todos seguimos al líder, a los maestros y gurús, y por eso existe la «autoridad». Donde hay autoridad, evidentemente tiene que haber miedo. El miedo da cierto impulso y la energía para triunfar, para, lograr algo prometido, como la esperanza, la felicidad, etc. ¿Es posible, pues, no aceptar nunca, sino examinar, explorar?

Ya sabemos, cuando usted está sentado ahí, y el orador está arriba, en el estrado, una de las cosas más difíciles es no concederle cierta autoridad. De modo inevitable, esta relación (lo alto y lo bajo, físicamente hablando) produce cierto grado de aceptación; «Usted sabe, nosotros no sabemos»; «usted nos dice lo que hay que hacer, nosotros lo seguiremos, si podemos». Y esto, me parece, es la acción más destructiva que jamás pueda emprender una mente: seguir a cualquiera, imitar un patrón establecido por otro. Una fórmula impuesta por otro lleva inevitablemente al conflicto, a la desdicha, a estar psicológicamente amedrentado. Y así es como vivimos. Parte de esa armazón de autoridad se apoya en la aceptación de la forma en que vivimos y en el hecho de no poder trascenderla. Queremos que otro nos diga lo que debemos hacer.

Para examinarnos como somos realmente y esa realidad es en efecto más bien ilusoria - necesitamos humildad; no la severa humildad cultivada por un hombre vanidoso, no esa severidad del sacerdote o del disciplinante. Necesitamos humildad para mirar de otro modo. No somos humildes por naturaleza. Somos más bien arrogantes, creemos saber mucho. Cuanto más envejecemos, tanto más arrogantes llegamos a ser, más audaces. No hay humildad donde hay un juicio, una valoración, una hipótesis de lo que deberíamos ser, una ideología, una fórmula.

Uno de nuestros mayores problemas es el dolor. Hemos aceptado el dolor como una forma de vida lo mismo que hemos aceptado la guerra como una forma de vida guerra, no sólo en el campo de batalla, sino guerra dentro de nosotros mismos - la perpetua lucha, tanto interna como externa. Hemos aceptado el dolor como un modo de vivir, pero nunca nos hemos preguntado si es del todo posible terminar con él por completo.

Me pregunto por qué tenemos que sufrir. Sufrimos, tal vez, porque no estamos bien físicamente, sentimos mucho dolor y quizás sin remedio; o el dolor es tan agudo, tan penetrante, que nos quita toda razón. En eso hay gran dolor, como lo hay en todo caso de enfermedad, de incapacidad física, de envejecimiento físico acompañado de la pena y el miedo a la vejez. Luego están todo el dolor y la aflicción en el campo psicológico de la existencia; la pena que nos invade cuando no tenemos amor y queremos ser amados, cuando no hay caridad, cuando no podemos mirar lo que es con ojos inmaculados. Hay el dolor de la ignorancia no de los libros, ni de la técnica; las máquinas calculadoras están extraordinariamente bien informadas, pero son máquinas ignorantes - la ignorancia con respecto a la comprensión de uno mismo, de lo que uno es, en realidad. Esa ignorancia causa gran dolor, no sólo dentro de uno mismo, sino en toda la comunidad, en la raza, en los pueblos del mundo. Hay el dolor de aceptar el tiempo como medio de logro, de ganar alguna bendición en el futuro. Y hay, desde luego, el dolor de una vida que termina, de la muerte, la muerte de otro, la de uno mismo.

La pena del padecimiento físico, el dolor de no amar y las frustraciones de la autoexpresión, el dolor del mañana que nunca llega, el dolor de vivir en el mundo de lo conocido y de estar siempre atemorizado por lo desconocido - esa es la forma en que vivimos. Hemos aceptado tal manera de vivir, y esta aceptación misma crea una barrera para trascenderla. Sólo cuando la mente no acepta, si no cuando está siempre interrogando, dudando, inquiriendo, descubriendo, puede enfrentarse a, lo que en realidad «es», tanto externa como internamente. Quizás entonces pueda ir más allá de este perpetuo sufrimiento del hombre.

Exploremos, pues, juntos, y averigüemos si es posible acabar con el dolor, no verbalmente, intelectualmente o por medio de la razón. El pensamiento nunca puede terminar con el dolor; sólo puede engendrarlo. Pensar es invitar al dolor. El pensamiento, la capacidad intelectual de razonar, por muy cuerda que sea, no da fin al dolor; para lograr esto debemos tener una capacidad del todo distinta no cultivada en el tiempo - la capacidad para observar.

¿Por qué sufrimos? Primeramente, observemos el sufrimiento psicológico, el dolor, la soledad, la pena, la ansiedad, el miedo, los pasajeros entusiasmos que engendran sus propias dificultades. Si podemos comprender esos dolores psicológicos, entonces tal vez podamos tratar el dolor físico, la enfermedad del cuerpo y la vejez, en que hay incapacidad, decaimiento de la energía, falta de impulso, etc. Investigaremos primero el dolor psicológico y entonces, en el acto mismo de comprender éste, se comprenderá también el problema físico. ¿Que es el dolor? ¿Qué diría usted? Seguramente que usted ha tenido dolor, el dolor que se expresa en lágrimas, en una sensación de aislamiento, una sensación de estar fuera de toda relación humana, el dolor que implica mucha lástima de uno mismo. Si mira usted en su interior y hace esta pregunta: ¿qué es el dolor?, me gustaría saber cómo respondería. No estamos preguntando lo que es el dolor físico, sino qué es el sentimiento de aflicción, el sentimiento de extrema desdicha, de impotencia, de estar frente a una pared en blanco.

Yo me pregunto qué significará para usted el dolor. ¿O es que lo elude y nunca se pone en contacto con él de algún modo? Evitarlo es en sí otra forma de dolor, y eso es lo único que sabemos. Por ejemplo, consideremos la muerte, el morir. El mismo hecho de eludir esa palabra, de nunca prestarle atención, de nunca encararse con lo inevitable, el hecho mismo de eludirla es - ¿no es cierto? - una forma de dolor, una forma de miedo, que crea el dolor mismo. ¿Qué es, pues, el dolor? Por favor, no espere usted que le dé una explicación.

La mayoría de nosotros hemos sentido dolor de varias maneras. La urgencia de autoexpresión y la incapacidad para lograrla, engendra dolor. Querer ser famoso y no tener la capacidad de lograr fama, eso también trae dolor. El dolor de la soledad, la de no haber amado y de querer siempre que se nos ame; el dolor de abrigar una esperanza del futuro y de nunca tener la certeza de esa esperanza... ¡Por favor, mírelo usted mismo! No espere que el que habla le haga la descripción del dolor. La mayoría de nosotros sabemos lo que es el dolor: una emoción frustrada, soledad, aislamiento, una sensación de estar desgajados de todo, una sensación de vacío, la completa incapacidad para hacer frente a la vida y la lucha incesante: todo eso engendra dolor. Nos damos cuenta de ello y decimos. «El tiempo lo curará», «lo olvidaremos», «se producirá algún otro incidente que será más importante, una experiencia que será mucho más real». Y así estamos siempre huyendo del hecho real del dolor a través del tiempo. Es decir, uno vive recordando los agradables días que ha tenido en el pasado, trayendo a la memoria placenteras experiencias: uno vive con eso, que es vivir en el tiempo. Y también vivimos en el porvenir; eludimos el dolor que está ahí, en la realidad y vivimos con alguna futura ideología, una futura esperanza, una creencia.

Nunca hemos podido escapar de este ciclo, nunca hemos podido terminarlo y abrirnos camino a través de él; al contrario, todo el mundo occidental rinde culto al dolor. Entre en cualquier iglesia y verá adorar el dolor. En Oriente lo explican mediante varias palabras sánscritas que, realmente, no tienen ningún sentido, como la ley de causa y efecto, por la cual uno sufre, y así sucesivamente. Cuando uno se da cuenta de todo esto, cuando lo ve con mucha claridad, cómo es en efecto, cuando lo palpa y lo prueba, entonces uno mismo se pregunta si es posible trascender todo ello. Y ¿cómo va usted a trascenderlo?, Esta es en realidad una pregunta muy importante que cada uno de nosotros tiene que contestarse a sí mismo.

Mire, cuando usted ve por primera vez esas montañas, distantes, majestuosas, elevadas por completo sobre toda la fealdad de la vida; la belleza del entorno y la luz de la puesta del sol sobre ellas, entonces su misma magnificencia tiende a silenciar la mente. El efecto de esto lo deja atónito. Y el silencio que producen esas colinas, montañas y verdes valles es completamente artificial. Sucede como en el caso de un niño con un juguete. El juguete absorbe el interés del niño, y cuando ha jugado bastante con él y lo ha roto, pierde interés por el mismo. Entonces se vuelve vagabundo, travieso. Del mismo modo somos despertados por algo grande, por algún gran reto, una gran crisis, que nos silencia de repente, pero entonces salimos de ese silencio que puede durar pocos minutos o pocos días - y volvemos otra vez al mismo estado.

He ahí este enorme hecho del dolor que el hombre nunca ha podido trascender; puede escapar por medio de la bebida, por medio de todas las diversas formas de evasión, pero eso no es trascenderlo, eso es eludirlo. Bueno, ahí está el hecho real como el hecho de la muerte o el del tiempo. ¿Puede usted mirarlo en completo silencio? ¿Puede mirar su propio dolor en completo silencio? No de manera que la cosa sea tan grande, de tal magnitud, de tal complejidad, que lo aquiete a la fuerza, sino de otra manera: ¿Puede usted mirarlo, aún conociendo su magnitud, sabiendo cuán extraordinariamente complejos son la vida, el vivir, y la muerte? ¿Puede mirar esto con toda objetividad y en silencio? Creo que ésta es la salida. Uso la palabra «creo» en forma vacilante, pero en realidad esa es la única salida.

Si la mente no está en silencio, quieta, ¿cómo puede comprender algo? ¿Cómo puede captar, mirar, estar en completa intimidad y familiarizada con la muerte, con el tiempo o con el dolor? Y, ¿qué es eso que dice: «estoy apenado», «soy desdichado», «he pasado días en conflicto, en sufrimiento, en completa desesperación»? ¿Qué es esa cosa que sigue repitiendo: «no puedo dormir», «no me he sentido bien», «soy esto, soy aquello», «soy infeliz», «usted no me ha mirado», «usted no me ha amado»? ¿Qué es esa cosa que sigue hablándose a sí misma? Seguramente, es el pensamiento.

Volvemos a esta cosa primaria, el pensamiento, que ha buscado el placer y que se ha visto frustrado, que se queja diciendo: «He perdido a alguien a quien amaba y me siento solo, desgraciado, lleno de pena», y esto implica tener lástima de sí mismo, compadecerse de sí mismo. Es también el pensamiento, recordando la compañía de que disfrutó, los placenteros días pasados, tras los cuales se ocultaban la soledad, el vacío interior, y el pensamiento empieza a quejarse. «Soy desgraciado». Tal es la naturaleza misma del sentimiento de la propia lástima.

¿Puede, por lo tanto, mirarse usted usted que es la totalidad de esta compleja entidad: el pensamiento - con lástima de sí mismo, con su dolor, con sus ansiedades, sus temores, su agresividad, su brutalidad, sus exigencias sexuales, sus impulsos; puede usted mirarse por completo en silencio? Y, cuando se haya mirado así, entonces podrá quizás preguntar: «¿qué es la muerte?».

(Se oye en lo alto el ruido de un avión). ¿Escucharon ustedes el sonido maravilloso que produjo el paso del avión, el estruendo del mismo? ¿Puede uno escuchar con esa misma beatitud de silencio el ruido total de la vida? Si uno puede observar, escuchar, entonces puede honradamente preguntarse: ¿Qué es la muerte? ¿Qué significa morir? Esta no es sólo una pregunta para los viejos, sino para todo ser humano, como cuando uno pregunta: ¿qué es el amor?, ¿que es el placer? ¿qué es la belleza? ¿Cuál es la naturaleza de la verdadera relación humana en la cual no hay interferencia de imágenes? Así también tiene uno que hacer esta pregunta fundamental como la del amor o la de la belleza: ¿Qué es la muerte? No nos abrevemos a formularla, probablemente por estar algo atemorizados. Uno puede decirse: «Me gustaría experimentar ese estado de ir muriendo, ser consciente en realidad mientras uno muere, y así toma drogas a fin de mantenerse despierto, para observar el momento mismo en que el aliento cesa, porque uno quiere experimentar ese momento extraordinario en que la Vida deja de ser».

¿Qué es, pues la muerte, qué es el morir, llegar al final? No «qué es lo que pasa después», cosa que no viene al caso. Para esto usted puede inventar muchas teorías, creencias, esperanzas, fórmulas. Morir, no de vejez o enfermedad, como cuando todo el organismo se deteriora y uno se escapa. No en ese último momento, sino morir en efecto, cuando uno está vivo, lleno de vitalidad, de energía, de intensidad, con capacidad para explorar. Así, pues, ¿qué es «morir»? no mañana, sino hoy. ¡Morir para descubrir! Ésta no es una pregunta morbosa.

¿No quiere usted saber, profundamente, usted mismo, con todos sus nervios, su cerebro, con todo lo que posea, no quiere saber lo que significa amar? ¿No quiere saber lo que eso significa, tener esa extraordinaria bendición y saber con la misma avidez, con la misma vitalidad, lo que la muerte es? ¿Cómo va a descubrirlo? Morir implica conocer la cualidad de la inocencia. Más nosotros no somos personas inocentes, hemos tenido miles de experiencias, un millar de años; todo está ahí, en las células cerebrales mismas. El tiempo ha cultivado la agresión, la brutalidad, la violencia, el sentimiento de dominación y... ¡Oh! ¡tantas experiencias! Nuestras mentes no son inocentes, claras, frescas, jóvenes; han sido manchadas, torturadas, distorsionadas.

Para preguntar qué es la inocencia uno tiene que vivirla y saber lo que es la muerte. De seguro, sólo cuando uno muere para todo lo que conoce, psicológicamente, internamente, cuando muere para su pasado, muere con naturalidad, libre y felizmente; sólo en esa muerte hay inocencia, hay una renovación, hay ojos inmaculados. ¿Puede uno llegar a eso? ¿Puede uno desechar con facilidad, sin esfuerzo, las cosas a que se ha aferrado? Los recuerdos agradables y los desagradables, el sentido de «mi familia», «mis hijos», «mi Dios», «mi marido», «mi esposa», y toda la actividad egocéntrica que sigue y prosigue... ¿Puede uno desechar todo eso? Voluntariamente, no por compulsión, por miedo, por necesidad, sino con el reposo que adviene cuando uno observa el problema del vivir un vivir lleno de contiendas, un campo de batalla. Poner fin a ese problema, salir de él, «estar fuera» de todo lo relacionado con esa forma de vida... ¿Puede uno hacerlo?

Escuche, por favor, la pregunta: ¿Puede uno hacerlo? Usted puede decir: «No, no puedo, no es posible». Cuando afirma que no es posible, lo que quiere decir es que sólo será posible si sabe lo que pasará cuando termine todo eso. Esto es, usted renunciará a una cosa cuando esté seguro de otra. Dice que no es posible, solamente porque no sabe qué es lo «imposible». Y para averiguarlo hay que darse cuenta tanto de lo posible como de lo «imposible», e ir más allá. Entonces usted mismo verá que todo lo que ha acumulado psicológicamente puede desecharlo con mucha facilidad; sólo entonces sabrá usted qué es vivir.

Vivir es morir, morir todos los días para todas las cosas con que ha luchado y las que ha acumulado para la propia importancia, por lástima de sí mismo, para el dolor, el placer y la agonía de este hecho que se llama vivir. Eso es lo único que conocemos y para verlo todo, la mente tiene que estar extraordinariamente callada. En ver precisamente la estructura completa consiste la disciplina; este mismo «ver» nos disciplina. Y entonces tal vez sabremos lo que significa morir; sabremos lo que significa vivir, no esta vida torturada, sino una vida enteramente distinta, una vida que ha nacido de una profunda revolución psicológica, que no implica desviarse de la vida.

Quisiera hablar la próxima vez, si se me permite, de una cosa que es en realidad tan importante como el amor, la belleza del amor y el significado de la muerte: la meditación. Lo que deberíamos hacer, si es posible, es investigar esta cuestión de cómo podemos vivir en forma del todo distinta, de cómo producir esta inmensa revolución psicológica, para que no haya agresión, sino inteligencia. La inteligencia puede estar por encima, tanto de la agresión como de la no agresión, porque comprende el camino de la agresión y de la violencia. Una revolución así crea una vida de la más alta sensibilidad y, por lo tanto, de la más alta inteligencia. Creo que éste es el único problema: cómo vivir una vida de bienaventuranza, de gran intensidad, para que, conociendo la naturaleza misma y la estructura del propio ser que está arraigado en el animal, en el mono uno lo trascienda.

Jiddu Krishnamurti
libro La Libertad Interior, Saanen 1968. 
Jiddu Krishnamurti en español.

domingo, 5 de febrero de 2017

La Libertad Interior. 7ª Conversación 21 de Julio de 1968

¡MARAVILLOSA Semana!!!

Lo importante no es acumular palabras, razonamientos o explicaciones, sino más bien producir, en cada uno de nosotros, una honda revolución, una profunda mutación psicológica, para que haya una sociedad de tipo distinto: una relación totalmente diferente entre hombre y hombre, que no se base en la inmoralidad, como ahora. Una revolución así, en el más profundo y completo sentido de la palabra, no se realiza mediante sistema alguno, ni por acción de la voluntad, ni por ninguna combinación del hábito y de la previsión.

Una de nuestras mayores dificultades - ¿no es verdad? - es que somos prisioneros del hábito. Y el hábito, aunque sea refinado, sutil, y esté hondamente arraigado y establecido, no es amor. El amor nunca puede ser una cosa de hábito. El placer, como decíamos el otro día, puede convertirse en hábito y en continuada urgencia, mas yo no veo cómo puede volverse hábito el amor. Y el cambio profundo y radical de que estamos hablando ha de venir con esta cualidad de amor, una cualidad que nada tiene que ver con el emocionalismo o el sentimentalismo; no tiene nada que ver con la tradición, con la cultura hondamente arraigada de sociedad alguna. La mayoría de nosotros, como carecemos de esa extraordinaria cualidad del amor, caemos en hábitos «de rectitud»; y los hábitos nunca pueden ser rectos. El hábito no es bueno ni malo. Sólo hay hábito, una repetición, una imitación, un ajuste al pasado y a la tradición, que es resultado del instinto heredado y del conocimiento adquirido.

Si uno va tras el hábito o vive en él, tiene que aumentar inevitablemente el temor, y de esto es que vamos a hablar juntos en la mañana de hoy. Una mente atrincherada en el hábito y la mayor parte de las nuestras están así - tiene que vivir siempre en el temor. Al decir hábito, no me refiero solo a la repetición, sino a los hábitos de conveniencia, los hábitos en que uno cae en determinada forma de relación, como la conyugal, como aquella entre la comunidad y el individuo, entre las naciones, etc. Todos vivimos en el hábito, en las tradicionales y bien establecidas líneas de conducta y comportamiento, en las muy respetadas maneras de ver la vida, en las opiniones tan profundamente atrincheradas y arraigadas en forma de prejuicios.

Mientras la mente no sea sensible, alerta y ágil, no será capaz de vivir con la realidad de la vida, que es muy fluida, que está cambiando constantemente. Psicologicamente, internamente, nos negamos a seguir el movimiento de la vida, porque nuestras raíces están profundamente asidas al hábito y a la tradición, en la obediencia a lo que se nos ha dicho, en la aceptación. Y me parece que es muy importante comprender esto y romper con ello, pues no sé cómo el hombre puede seguir viviendo sin amor. Sin amor nos estamos destruyendo unos a otros, estamos viviendo en fragmentos, un fragmento en agresión contra el otro, en rebelión contra el otro. Y el hábito en cualquier forma que sea, inevitablemente tiene que engendrar el miedo.

Si se me permite sugerirlo, no se limiten, por favor, a aceptar meramente y decir: «Sí, en efecto, vivimos dependientes de hábitos. ¿Qué haremos?», sino más bien dense cuenta, sean conscientes de los hábitos que tiene cada uno; dense cuenta, no sólo de los hábitos físicos, como los de fumar, comer carne, beber, sino también de los que están muy arraigados en la psiquis, los que nos hacen aceptar, creer, esperar y desesperar, padecer agonías y penas. Si juntos pudiéramos penetrar en este problema del hábito y también del miedo, para tal vez así llegar a terminar con el dolor, podría entonces existir la posibilidad de un amor que nunca hemos conocido, una dicha que está más allá del contacto del placer.

La mayoría de nosotros seguimos las rutinas del hábito consciente o inconsciente; creemos que los hábitos son correctos e incorrectos, buenos y malos, hábitos de conducta, y otros que no son respetables, los hábitos que la sociedad considera inmorales. Pero la moralidad social es en sí misma inmoral. Ustedes pueden ver eso con bastante sencillez, porque la sociedad se basa en la agresión, en el afán de adquirir, en el sentido de predominio del uno sobre el otro, etc., el sistema cultural. Hemos aceptado esa moralidad, vivimos de acuerdo con ese patrón moral, lo aceptamos como cosa inevitable, y así se ha convertido en hábito. Cambiar este hábito, ver cuán extraordinariamente inmoral es aunque esa inmoralidad se haya vuelto altamente respetable; ver eso y actuar con una mente que ya no es prisionera del hábito, actuar de un modo distinto por completo, sólo es posible cuando comprendemos la naturaleza del miedo. Con mucha facilidad cambiaríamos cualquier costumbre, nos abriríamos paso a través de cualquier hábito atrincherado, arraigado profundamente, si no hubiera el temor de que, al romperlo, sufriríamos aún más, estaríamos aún más inciertos, más inseguros. Les ruego que se observen ustedes mismos, observen sus propios estados mentales, vean que la mayoría de nosotros romperíamos fácil y felizmente un hábito si, por otro lado, no hubiera temor, ni incertidumbre.

Lo que hace que la mayoría de nosotros nos aferremos a nuestros hábitos, es el temor. Investiguemos, pues, esta cuestión del miedo, no de manera intelectual ni verbal, sino dándonos cuenta de nuestros propios temores psicológicos, examinándolos. Es decir, demos espacio al temor para que pueda florecer y observemoslo en su florecimiento mismo. Miren, el temor es un fenómeno muy extraño, tanto en lo biológico como en lo psicológico. Si pudiéramos comprender los miedos psicológicos, entonces podríamos remediar, comprender con facilidad los biológicos. Por desgracia, nos mueven rápidamente los temores físicos y descuidamos los psíquicos; nos amedrentan mucho la enfermedad y el dolor; la mente toda se intranquiliza y no sabemos cómo arremeter contra ese dolor sin producir una serie de conflictos en la psiquis, dentro de uno mismo. Por el contrario, si uno pudiera empezar con los temores psíquicos, entonces acaso los físicos podrían comprenderse y tratarse con cordura.

Es obvio que para observar el temor, no puede haber escape alguno. Todos hemos cultivado medios de escape para eludir el miedo. El hecho de eludirlo no sirve más que para aumentarlo. También esto es muy sencillo. De modo que lo primero es ver que huir del temor es una forma de temor. Cuando lo evitamos, sencillamente le volvemos la espalda, pero siempre está ahí. Comprendan, pues, no de manera verbal ni intelectual - comprendan en realidad que no es posible eludirlo, está ahí, como una lengua ulcerada, como una herida; no podemos evitarlo. Está ahí. Este es un hecho. Entonces ustedes tienen que dar espacio al miedo para que florezca, como dejarían espacio para que floreciera la bondad. Tienen que dejar espacio para que el temor salga a la superficie. Entonces pueden observarlo.

Ya ustedes saben, si han plantado alguna vid de crecimiento rápido y están interesados en ella, que si vuelven a mirarla al terminar el día, se encuentran con que ya tiene dos hojas; está creciendo rápidamente. Del mismo modo, vea el temor y dele espacio para que quede expuesto a la luz. Esto significa que en realidad no teme mirarlo. Es como una persona que depende de otras porque tiene miedo a estar sola y al depender de otros, lleva a cabo una serie de acciones hipócritas. Dándose cuenta de las actividades de la hipocresía, dejándolas de lado, puede ver lo temerosa que se siente de estar sola; puede estar con ese temor, dejarlo que se mueva, que aumente, mirar su naturaleza, su estructura, su cualidad.

Cuando usted puede mirar el miedo sin eludirlo de ninguna manera, ese miedo tiene una cualidad distinta. (Espero que usted esté haciendo esto, que tome su particular temor, por mucho que lo haya alimentado, por mucho que lo haya evitado cuidadosamente, y que lo esté mirando ahora sin recurrir a ningún escape, sin juzgarlo, condenarlo, ni justificarlo). Luego surge la cuestión si es que uno llega tan lejos - sobre «quién» es el que está observando el temor. Tengo miedo de no importa lo que sea - la muerte, de perder mi empleo, de envejecer, miedo de una enfermedad; tiene uno miedo y no lo rehuye, ahí está. Lo miro, y para mirar cualquier cosa, tiene que haber espacio. Si estoy muy cerca de ella, no puedo verla. Y cuando miro el temor y le doy espacio y libertad para mantenerse vivo, ¿quién está entonces mirando el temor? ¿Quién es el que dice: «no he escapado del miedo, lo estoy mirando, no desde muy cerca, para que pueda desarrollarse, para que pueda vivir, y no lo estoy sofocando con mi ansiedad?» ¿Quién es entonces el que lo está mirando? ¿Quién es el «observador», siendo el temor la cosa observada?

El «observador» es, desde luego, la serie de hábitos, la tradición que «él» ha aceptado y dentro de la cual vive; «él» es la norma de conducta, la creencia o la inclinación a evitarla: el observador es eso, ¿no es así? Es la entidad cultivada, la mente cultivada, estilizada, sistematizada, que funciona en el hábito; es el «observador» el que está mirando el temor; por lo tanto, «él» no lo está mirando directamente, en absoluto. Lo mira con la cultura, con la ideología tradicional, de modo que hay conflicto entre «él» (con todo su trasfondo y condicionamiento), entre «él», la entidad, y la cosa observada: el temor. «Él» está mirándolo indirectamente, buscando razones para no aceptarlo, y hay así una constante batalla entre el observador y la cosa observada. Lo observado es el temor, y el «observador» lo mira con el pensamiento, que es la respuesta de la memoria, de la tradición, de la cultura.

Uno tiene entonces que comprender la naturaleza del pensamiento. (¿Podemos examinar esto? Miren, es una cosa muy sencilla; espero que yo no la esté haciendo complicada). No sé lo que va a pasar mañana. Podría perder el empleo, no sé, cualquier cosa puede pasar. Así que tengo miedo del mañana. Es el pensamiento lo que ha producido este miedo. Dice: «Podría perder mi puesto, mi esposa podría abandonarme, puede que esté solo, tal vez tenga aquél dolor que tuve ayer, etc.». El pensamiento, el pensar sobre el mañana y tener la incertidumbre del futuro crea temor. Esto está bastante claro, ¿no?

Si algo inmediato produce una sacudida, sin tiempo para que intervenga el pensamiento, no habrá temor. Es sólo cuando hay un intervalo entre el incidente y la reacción que el pensamiento puede intervenir y dice: «tengo miedo». Se tiene miedo a la muerte, ese miedo a la muerte es el hábito, la cultura en que nos hemos criado. Así, que por ejemplo, dice el pensamiento: «moriré algún día. ¡Por Dios! No pensemos en ello.  Alejémoslo de la mente». Pero el pensamiento está atemorizado, ha creado una distancia entre sí mismo y ese día inevitable, por lo cual tiene miedo. De modo que para comprender el temor, uno tiene que penetrar en toda la estructura y naturaleza del pensamiento.

Ahora bien, resulta muy sencillo ver lo que es el pensamiento. El pensamiento es la respuesta de la memoria; experiencias a millares que han dejado un residuo, una huella en las mismas células cerebrales. Y el pensamiento es la respuesta de esas células. Es algo muy material. ¿Puedo yo entonces, puede el observador mirar el temor sin invocar o incitar el pensamiento con todo su trasfondo de cultura y de explicaciones? ¿Puedo yo mirar el miedo sin todo eso? ¿Habrá miedo entonces? (No sé si están siguiendo todo esto).
En primer lugar, uno está asustado, por que no ha observado el miedo, lo ha eludido a toda costa. El evitarlo sólo sirve para crear miedo, conflicto y lucha, lo que produce varias formas de acción neurótica, violencia, odio, dolor, etc. Ahora bien, cuando en la observación no interviene el pensamiento, uno tiene que ser muy sensible, tanto física como psicológicamente; pero esto es imposible cuando uno actúa dentro de los límites del pensamiento. Ir más allá del pensamiento, lo cual es lo «imposible» para la mayoría de nosotros, implica descubrir si es «posible» estar libre en absoluto del pensamiento.

¿Podemos seguir? ¿Nos estamos comunicando unos con otros? Lo siento. Si no podemos, es inútil.

La mayoría de nosotros somos muy insensibles físicamente porque comemos demasiado, fumamos, nos entregamos a varias formas de deleites sensuales no es que no debamos hacerlo - la mente se amodorra de esa manera y cuando la mente se embota, el cuerpo se embota aún más. Éste es el patrón en que hemos vivido. Ustedes ven lo difícil que es cambiar de régimen alimenticio, estamos acostumbrados a una dieta particular que satisface el gusto, y tenemos que repetirla continuamente; si no lo conseguimos, creemos que vamos a enfermar, nos asustamos, etc.

El hábito físico produce insensibilidad. Evidentemente un hábito de drogas, de bebidas alcohólicas, de fumar, cualquier hábito tiene que insensibilizar el cuerpo, y esto afecta la mente. La mente, que es en sí la percepción total, tiene que ver con mucha claridad, sin confusión, y en ella no debe haber conflictos de ninguna clase.

El conflicto no es sólo desperdicio de energía; además, embota la mente, la vuelve perezosa, pesada, estúpida. Una mente así, presa del hábito, es insensible. Por esta insensibilidad, por este embotamiento, no aceptará nada nuevo, porque tiene miedo a aceptar algo nuevo como una idea, una ideología o una nueva formula (sería el colmo de la estupidez, de la idiotez). Al darnos cuenta de cómo todo este proceso de vivir en el hábito produce la insensibilidad, incapacitando la mente para comprender, percibir y moverse con rapidez, empezamos a ver el temor como es realmente. Viendo que es producto del pensamiento, entonces nos preguntamos si podemos mirar cualquier cosa sin que funcione toda la maquinaria del pensamiento. No sé si usted ha mirado alguna vez una cosa sin poner a funcionar esa maquinaria. Ello no significa que soñemos despiertos, no quiere decir que usted se vuelva inseguro, que vague por ahí en una especie de sordo estupor; al contrario, implica ver toda la estructura del pensamiento el pensamiento mismo - que tiene cierto valor a determinado nivel, y ningún valor a otro nivel. Mirar el temor, mirar el árbol, mirar a su esposa o a sus amigos, mirar con ojos que el pensamiento no haya tocado en absoluto... Cuando usted haya logrado esto, dirá que el temor no tiene realidad alguna, que es producto del pensamiento y como todos los productos del pensamiento excepto los de la tecnología - carece de toda validez.

De modo que, mirando el temor y dejándolo en libertad, termina el temor. Uno espera ver la verdad, escuchando todo esto en esta mañana, escuchando, otorgando auténtica atención, no a las palabras o a los razonamientos, no a su secuencia lógica o ilógica, etc., sino escuchando efectivamente. Y si usted ve la verdad de esto, de lo que se está diciendo, al salir de este edificio, estará libre del temor.

Ya saben, este mundo está tiranizado por el miedo, y éste es uno de los más monstruosos problemas que tiene cada uno de nosotros. Miedo de ser descubierto, miedo de arriesgarse, miedo de que se repita lo que dijo usted hace años, y está usted nervioso y miente. Tiene que conocer la extraordinaria naturaleza del temor y saber que cuando vive uno en el temor, vive en tinieblas. ¡Es una cosa terrible! Lo percibe uno, pero no sabe qué hacer con él; con el miedo a la vida, el miedo a la muerte, el miedo a los sueños.

En cuanto a los sueños, uno siempre ha aceptado como normal que debe tener sueños, ha aceptado como hábito que uno tiene que soñar, que es inevitable; y ciertos psicólogos han dicho que si uno no sueña se volvería loco. Es decir, se afirma que lo imposible es no soñar nada. Y nunca se pregunta uno: «¿Por qué tengo que soñar? ¿Para qué soñar?» No se trata de qué son los sueños y cómo han de interpretarse, cosa que se vuelve muy complicada y que en realidad tiene muy poco sentido. Pero ¿puede uno descubrir si hay alguna posibilidad de no soñar, para que, cuando uno duerma lo haga plenamente, en completo descanso, para que a la mañana siguiente la mente despierte fresca, sin haber pasado por toda la batalla? Yo digo que es posible.

Como hemos dicho, encontramos lo posible sólo cuando vamos más allá de lo «imposible», ¿Por qué soñamos? Soñamos porque durante el día la mente consciente, la superficial, está ocupada por favor, no esta mas usando términos técnicos, sólo palabras ordinarias, ninguna jerga especial - la mente está ocupada durante el día en el empleo, en ir a la oficina, a la fábrica, en cocinar, lavar platos; ya saben, está ocupada superficialmente, y la capa más profunda de la conciencia está despierta, pero incapacitada para informar a la mente consciente, pues esta última está ocupada en cosas superficiales. Esto es sencillo.
Cuando usted duerme, la mente superficial está más o menos callada, pero no por completo. Tiene la preocupación de la oficina, de lo que usted le dijo a la esposa y el sermoneo de ésta ya sabe, los temores - pero se encuentra bastante callada. Sin embargo, dentro de esta relativa quietud, el inconsciente proyecta las insinuaciones de sus propias exigencias, de sus propios anhelos, de sus temores, los cuales son traducidos por la mente superficial en forma de sueños. ¿Ha experimentado usted con esto? Es bastante sencillo.

No es muy importante interpretar sueños o decir que usted tiene que soñar; pero, si puede, descubra usted si hay posibilidad de no soñar en absoluto. Sólo es posible siempre y cuando usted se dé cuenta durante el día de todo el movimiento del pensar, si percibe sus motivaciones, la forma cómo camina, cómo habla, lo que dice, por qué fuma, las implicaciones de su trabajo, si se da cuenta de la belleza de las colinas, de las nubes, de los árboles, del barro en el camino y la relación de usted con otra persona. Dese cuenta, sin ninguna elección, de modo que esté observando, observando, observando; y dese cuenta de que en eso hay también inatención. Si procede usted así durante todo el día, se le vuelve la mente extraordinariamente aguda, alerta, no sólo la superficial, sino la conciencia completa, el total de ella, porque no deja que escape ningún pensamiento secreto, no hay un rincón de la mente que no sea tocado, que no quede al descubierto. Y después, cuando se va en efecto a dormir, la mente está extraordinariamente tranquila, no sueña nada y prosigue una actividad muy distinta. La mente, que ha vivido con intensidad completa durante el día, ha despertado toda la cualidad de la conciencia porque se ha dado cuenta de sus palabras y al cometer un error, está consciente de ello, no dice: «no debo» o «tengo que combatirlo»; está con él, lo mira, se ha dado cuenta de él completamente. Cuando se va a dormir, ya ha desechado todas las viejas cosas de ayer.

El temor (¿No les estaré adormeciendo con mis palabras?), no es un problema insoluble. Cuando se comprende el temor, se comprenden también todos los problemas relacionados con ese temor. Cuando no hay miedo, hay libertad. Y cuando existe esta libertad interna, psicológica, total, y no hay dependencia alguna, entonces la mente no queda tocada por ningún hábito. ¿Sabe usted? El amor no es hábito, no puede cultivarse; los hábitos, sí pueden cultivarse, y para la mayoría de nosotros, el amor es algo que está muy lejos; nunca hemos conocido su cualidad, ni conocemos si quiera su naturaleza. Para dar con el amor, tiene que haber libertad. Cuando la mente está en completa calma, dentro de su propia libertad, entonces surge lo «imposible», que es el amor.
Jiddu Krishnamurti, 

libro: La Libertad Interior, Saanen 1968. 

Jiddu Krishnamurti en español.