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NAMASTÉ!!!

"Te advierto, quien quieras que fueres, ¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros ¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses." ORACULO DE DELFOS

lunes, 25 de diciembre de 2017

Niveles de vida (2da parte)

¡MARAVILLOSA Semana!!!

(Capítulo sólo para mutantes)


3. Transformación


La mosca, que por propia voluntad se ha dejado atrapar en la tela, cuando es devorada por la araña invade sus células y su alma. Araña y mosca forman ahora un solo ser que no es ni la una ni la otra, sino las dos al mismo tiempo.

Un próspero vendedor de diamantes es dueño de una joyería. Un día un ladrón enmascarado lo asalta y le roba todo lo que tiene. El mercader vende entonces sus muebles y, con el dinero recibido, comienza a vivir de la compra-venta de oro. Pero apenas ha amasado algo de riqueza, el ladrón vuelve a robarle todo y lo arruina por segunda vez.
Vende su reloj y dos o tres objetos de valor medio que le quedan, compra un poco de plata y empieza a venderla. Su negocio prospera, pero de nuevo le roban.
No le queda más que una pequeña medalla de cobre. Sale a un camino en busca de una posada cualquiera donde poder intercambiarla por un plato de comida... Mientras marcha, un bandido, montado en un gran caballo, avanza en dirección contraria. Viendo la medalla, le dice al pobre mercader:
-¡Dame eso!
-Pero... si no vale nada...
-¡Dámela!
-Piedad, es lo único que me queda...
-¡Te digo que me la des!
-¡No!
El jinete le echa el caballo encima y el hombre rueda por la tierra casi con la mandíbula rota. El otro le arrebata la medalla y se va. Adolorida, la víctima se queja:
-¡Ahora sí que ya no tengo nada!
Escupiendo sangre, emprende el camino de regreso. Cien metros más adelante, al volver una curva, ve que el caballo ha resbalado, ha caído y aplastado al bandido. Junto al muerto el mercader descubre unos sacos, en los que encuentra sus diamantes, su oro, su plata y su pequeña medalla de cobre.

Las riquezas que el ladrón (el Dios interior) le roba al mercader son en realidad todos sus deseos: deseos de poder, de aparentar, de riqueza material, de aceptación social e innumerables otros. Al final no le queda más que su cuerpo. Busca poseer un sitio, una raíz. Cuando cede esto y pierde toda definición, recupera entonces su auténtico intelecto, sus auténticas emociones, sus auténticos deseos, su auténtico lugar. Por fin es lo que es. El mercader que regresa a su pueblo se ha transformado.

Ahora es capaz de comprender al otro, de acompañar al otro, de crear con el otro y prosperar junto al otro. Perdiéndolo todo ha encontrado en sí mismo la energía del amor.

La oruga, después de retorcerse de dolor, se entrega a aquello que ha gestado en su interior, pero ofreciéndole resistencia. La mariposa se debate para abrirse camino. Luchando por salir, se fortifica. Si no encontrara oposición, nacería débil y rápidamente se extinguiría. No se puede decir que la oruga haya muerto. Se ha transformado. Los gurús que insisten en que sus alumnos deben aniquilar su despreciable ego son meros charlatanes. La individualidad es necesaria para la supervivencia. Decir «eliminar el ego» es como decir «eliminar el huevo donde va a nacer el ave». No hay mariposa sin oruga. No hay Yo esencial sin Yo personal. En el arcano El Loco del Tarot vemos a un iluminado avanzar acompañado de un animal que bien puede ser un perro. El can lo sigue, no va delante de él guiándolo. El área razonable de lo que misteriosamente somos es como un niño que, para ser domado, debe ser amado. Si despreciándonos a nosotros mismos tratamos de anular el intelecto -una actitud sin amor-, éste se tomará tiránico, se cerrará a las llamadas del Dios interior y comenzará a guiamos, como un perro-guía, hacia la autodestrucción. El pez que navega en la corriente forma parte del río. Si salta fuera de él, muere sofocado. Si llega con las aguas al océano, aporta Consciencia. Un mar sin flora ni fauna es una extensión de agua inútil.

Cuando por fin vemos la miserable vida que nos hemos fabricado al habernos dejado guiar por lo que creemos que somos -un limitado Yo personal-, iniciamos el trabajo doloroso de la transformación, que no es otra cosa que eliminar lo inútil para llegar a ser lo que siempre hemos sido. El cristal diamantino aparece cuando limpiamos el carbón que lo oculta. El cuádruple ego y sus desviaciones neuróticas no deben confundirse con la individualidad que nos ha otorgado la misteriosa creación universal. Ese ser único, diferente a todos los otros seres, es el canal sagrado por donde transitarán las energías creadoras de Consciencia. El Yo superior, llamado a ser el vehículo del Yo esencial, no debe ser eliminado: eso conduce a la locura. Las máscaras, los disfraces o los tatuajes mentales que familia, sociedad y cultura nos imponen, constituyéndose en costra psicológica a la que los improvisados maestros llaman «Ego», deben ser eliminados. Pero no hay que confundir el carbón con el diamante. Sólo un Yo superior depurado, respetado, sacralizado, puede permitimos la unión con la impensable vida universal.

En esta búsqueda de autenticidad, al transformamos, al dejar atrás lo que los iniciados llaman el viejo hombre, es decir, al comenzar a ser lo que somos, surgiendo con trabajo de nuestro aislamiento, accedemos a una nueva realidad con la pureza de un inocente. La herida se ha cicatrizado, se ha desprendido la costra, ahora la nueva piel es sensible. Hemos aprendido a dar y por lo tanto a recibir. Nos llegan palabras que no hemos pensado y que por su belleza nos sorprenden; nos llegan sentimientos diferentes, sublimes; deseos creativos que nos hacen transformar el espacio donde vivimos -haciéndolo más ordenado, más amplio, más limpio, más bello- o que nos inducen a cambiar de lugar para ir a un sitio que esté en más consonancia con nosotros. Todo lo no auténtico que nos rodea y acompaña, en cierta forma vampirizándonos, se desprende de nosotros. Podremos cambiar de ciudad, de trabajo, de pareja, de aspecto...

Cuando se ha realizado esta transformación interna, el mundo se nos aparece también en su naturaleza esencial. Advertimos con profunda claridad los errores de cada sistema, las injusticias, la agresión, la crueldad, el fanatismo, la ansiedad económica, la farsa política, la desinformación sistemática, la siembra de terror. 

Debemos adaptamos para sobrevivir. Aunque nuestros conocidos rechacen o no crean en nuestra evolución, debemos insistir, confiar, avanzar, aceptar tener miedo pero rechazar ser cobardes, encontrar nuevos aliados, nuevos territorios, y si nuestra pareja se resistiera al cambio, separamos de ella. He aquí una posible carta de separación:

Querida/ o amiga/o:
Si actuamos para ocupar el sitio del otro o para no «invadir» su sitio, si nos prohibimos actividades o temas porque uno de los dos los descubrió antes (es decir, si competimos o existimos ante los demás sólo porque el otro existe), si nos comparamos poniéndonos el uno al otro como rasero, si hacemos algo para mostrar al otro que le pertenecemos o que le negamos influencia y participación en nuestros actos, si dependemos del otro para vivir en cualquier plano, incluso aunque sólo sea en el alimenticio, si nos hacemos dueños o esclavos de un espacio que decimos vivir en común, si en el hogar no dejamos de entablar peleas y en la calle nos presentamos como si fuéramos una pareja sólida, si debemos vivir dándonos o pidiendo constantemente permiso, entonces... no somos amigos sino víctimas o verdugos, o estas dos cosas al mismo tiempo.
Ha llegado el momento de que nos adaptemos a lo que realmente somos, porque nada de lo que estamos viviendo hoy es real, o casi nada. No nos entendemos ni intelectual, ni emocional, ni sexual, ni materialmente. La excusa que nos damos para seguir atados es la existencia de nuestros bien amados hijos. Es una excusa pasajera, porque en unos años comprenderán que nada nos une y que son la dolorosa cuerda que nos amarra. Usándolos como cómplices involuntarios, hemos establecido una atmósfera familiar que es falsa. Emplear a los hijos como solución de la pareja es un abuso. En esta familia, ni ellos, ni tú, ni yo tenemos un sitio real, ni establecemos las relaciones que deseamos a la altura genuina de quienes somos... Nuestra convivencia actual nos quita autenticidad. Todos perdemos y nadie gana. Yo ya no puedo seguir actuando en nombre de una familia, ni de una pareja, cuando, si me observo bien, soy un individuo, tanto como tú lo eres o ensayas serio. Para mí, en este momento crucial de mi vida, es indispensable que nos separemos. Debemos encontrar un medio para solucionar los problemas económicos, de territorio, de objetos compartidos o de no desamparar a nuestros hijos, que sea equitativo y que no rehúya ninguna responsabilidad.
En este momento es fundamental para mí vivir en mi propio espacio y en mi propio tiempo, dirigidos y organizados por mí., Todo esto puede realizarse pacíficamente si dejamos que la realidad se imponga. No será una separación porque ya estamos separados. Sólo será una repartición amable. Si es así, siempre podremos vemos como amigos y ahí estaremos cual ángeles guardianes de nuestros hijos. Por mi parte, mientras viva, lo estaré. 

Hay un momento en que se deben cortar las amarras neuróticas, abrir los blindajes, entrar en una nueva vida que, por supuesto, al comienzo será difícil porque aún no la hemos ex-plorado: tenemos una experiencia de oruga, pero no de mariposa.

Se podría decir que morir es lo mismo. Pero ¿qué sabemos en verdad de la muerte?Supongamos que hay un más allá, otra forma de vida: la muerte entonces correspondería al estado de oruga. En la agonía, cedemos el deseo de posesión, entregamos nuestro cuerpo, nuestra memoria, nuestra consciencia y asumimos la transformación. Nuestro Yo esencial sale del cuerpo como una mariposa y entra en una dimensión que no conoce. Al comienzo se sentirá perdido, pero en seguida encontrará la luz.

Un hombre parte con todos sus bienes en busca de Dios. Se en cuentra con un ángel que le pregunta:
-¿Adónde vas?
-Trato de llegar a Dios.
-No puedes llegar a Dios con todos esos objetos. Tíralos.
El hombre se deshace de todo lo que tiene, incluso de su ropa, excepto de un pañuelo que lleva al cuello para que le cubran el rostro con él si, por azar, muere durante el viaje.
Vuelve a encontrarse con el ángel y le dice:
-Ya tiré todo. Ahora puedo encontrar a Dios.
-No te has desprendido de todo. Llevas un pañuelo.
Inmediatamente, el hombre tira el pañuelo. Se queda completamente desnudo y dice al ángel:
-Ahora indícame el camino para ir hacia Dios.
El ángel le responde:
-Ya no tienes necesidad de buscar a Dios. Ahora será Él quien te busque a ti.

En los arcanos menores del Tarot, hay flores cortadas: son ofrendas de nuestros diferentes niveles de consciencia al Dios interior. Para pasar de un nivel a otro hay que sacrificar lo obtenido en el nivel de menor desarrollo. Es un constante don de sí y una aceptación valerosa del cambio.

4. Transmutación


La araña-mosca se da cuenta de que la luz que la habita no le pertenece. Ella es tan sólo una humilde servidora y esa brillante energía es su dueña.

Quien acepta la transformación interior hace que la Consciencia que lo habita también exista en los otros.

Un grano de arena decide dar un paseo por el desierto del Sahara. Después de rodar un poco, se dice inquieto a sí mismo: «Tengo la impresión de que alguien me sigue».

Al adquirir Consciencia de los otros, en este nivel de la transmutación el yo me transformo se convierte en yo te transformo. «Transmutar» significa convertir algo en otra cosa. Éste ha. sido el ideal de los antiguos alquimistas, que elevándolo a meta suprema -Magnum opus (Gran Obra)- buscaban obtener la Piedra filosofal, una sustancia que tendría la virtud de convertir los metales viles (plomo, mercurio, cobre, etc.) en oro puro. Sin embargo, místicamente la Piedra filosofal simboliza la transmutación de la naturaleza animal del hombre en naturaleza divina. El hombre transformado en Piedra filosofal desarrolla cualidades espirituales que transmite a los demás, puede prevenir y curar enfermedades o prolongar la vida humana más allá de los límites que creemos naturales.

En este nivel nos preguntamos: ¿A quiénes estoy ayudando? ¿He creado campos de trabajo para los otros? ¿He proporcionado ideas constructivas? ¿He apoyado emocionalmente a los que sufren? ¿He comenzado a cambiar al mundo? ¿Me preocupo de la educación infantil, de la manera sana en que las mujeres deben dar a luz, de crear una moral no basada en prejuicios sexuales o en la exaltación de la propiedad privada? ¿He dado compañía a un moribundo, ayudándolo a morir en paz? ¿Lucho por la salud de todos los seres vivientes y del planeta?

En el nivel de la transmutación, el servir, acompañar y salvar es esencial. Si el mundo va mal, no sólo debemos poner en práctica un arte que cure, sino también negocios que curen, edificios que curen, políticas que curen, periódicos que curen, filosofías que curen, alimentos que curen, juegos que curen.

Si tienes algo justo que decir, dilo en el mundo. Si no puedes decirlo en el mundo, dilo en tu país. Si no puedes decirIo en tu país, dilo en tu ciudad. Si no puedes decirIo en tu ciudad, dilo en tu casa. Si no puedes decirIo en tu casa, dítelo a ti mismo.
Proverbio sufí

En esta Gran Obra, el creador de sí mismo actúa con delicadeza y dignidad. Sabe que la mayoría de las personas que frecuenta no están en su nivel. Entonces, paciente, perseverante, siembra sus conceptos, sus sentimientos, sus creaciones, sus acciones, sin dejarse jamás arrastrar hacia una negativa persistencia. Con un amor sin límites, sin odio, sin violencia, compasivamente, propone: «Esto deberíais cambiarlo. Deteneos. Entrad en vosotros mismos. Buscad vuestra joya interior. No deis excusas para explicar vuestro estancamiento. ¡Valor!».

Transmitimos el cambio porque sabemos cómo hemos llegado a él. Nos hemos dado cuenta de que mientras no captemos la existencia del otro poniéndonos en su lugar, toda pareja, familia u obra que creemos llegará como mucho a una satisfacción narcisista, pues los demás sólo existirán como pantallas de proyección de nuestros egos. La frase «No quiero nada para mí que no sea para los otros»., se hace lema.

En este nivel, por nuestra sola presencia, producimos la aparición de pensamientos positivos, emociones sublimes, obras de arte sanadoras, actos constructivos. Somos lo contrario a un Atila, que «por donde pasa la hierba muere».

Portamos la energía bendita: por donde marchamos, la hierba crece. 

Un cuento hindú nos muestra a un elefante blanco que actúa como Piedra filosofal, transmutando a los seres. En esta historia todos los personajes son dignos, hermosos, nobles. No hay nada feo. Los antagonismos son resueltos y se encadenan de forma sabia. La obra que produce un artista consciente hace evolucionar a quien entra en contacto con ella. Las palabras de este cuento van dirigidas a quien las lea o escuche con la intención de liberarlo de su mente crítica, para transmitirle una alegría sagrada:

Quinientos leñadores viven en comunidad, acompañados de sus esposas e hijos, en un alejado bosque. Una elefanta salvaje, herida en una pata por una voluminosa espina, llega a la aldea.
Inmediatamente los habitantes se ocupan de ella. Le quitan la espina y le desinfectan la herida. Como son pobres, cada familia da una parte de su comida para alimentarla. El animal sana. En agradecimiento a sus salvadores, comienza a trabajar para ellos. Al cabo de un tiempo, como estaba encinta, pare un elefantito blanco. La cría la sigue a todas partes mientras ella ayuda a los leñadores a cargar los pesados troncos.
Pasan algunos años. La elefanta, sintiéndose vieja, decide partir. Pide a su hijo que se quede en la aldea para continuar pagando su deuda. Éste acepta. La madre acude para morir a un lugar secreto, mientras el joven animal ocupa su puesto para seguir ayudando a los leñadores.
El paquidermo es de una gran belleza. Además, muy limpio. Cada vez que debe satisfacer sus necesidades, para no ensuciar el agua, lo hace en las orillas del río. Un día la corriente crece y se lleva los excrementos hacia la ciudad real. Llegan allí justo en el momento en que han llevado a bañar los mil elefantes del monarca. Éstos, al ver las heces, retroceden porque sienten que son la obra de un ser superior. El guardián de la manada, un hombre de sensibilidad extraordinaria, observa que esa materia no es impura. La recoge y la disuelve en el agua donde se bañan los elefantes. El excremento así disuelto se hace fragante como el incienso y todos los paquidermos salen del remojo perfumados.
Enterándose de esto, el rey se maravilla y desea fervientemente poseer al elefante misterioso.
Sale de su palacio, seguido por cortesanos y guerreros, y remonta el río para encontrarlo. Llega a la aldea de los leñadores. Éstos se preguntan por qué el rey en persona ha venido a comprarles madera. Él pide ver al elefante. Se lo muestran. El rey entra en éxtasis. Lo quiere para él con toda su alma.
Igualmente, cuando el elefante ve al soberano entra en éxtasis, pero con tristeza le dice:
-Majestad, vos sois el amo que yo querría tener. Pero es imposible: estoy comprometido. No puedo abandonar esta aldea tan pobre. Necesitan mi ayuda.
El rey le responde:
-Pagaré a cada uno mil monedas de oro por tu libertad.
-Está bien, pero no es suficiente. Tendríais que darles alimentos durante algunos años, ropas nuevas y cabañas con techos impermeables, así como proteger a sus mujeres e hijos.
El monarca, ansioso por llevarse al elefante, acepta y otorga todo cuanto éste acaba de solicitar.
El animal lo sigue porque se siente liberado de su deuda.
Llegado al reino, el elefante blanco se convierte en el juguete del rey, luego en su cabalgadura oficial, luego en su amigo y por fin en su alma gemela. El soberano le concede la mitad de su reino.
Gobiernan juntos.
La reina anuncia que está encinta. En ese momento, el rey fallece. Sus ministros deciden no decírselo al elefante, por temor a que muera de dolor, y lo llevan al bosque para que viva lejos del palacio.
Un rey vecino, enterándose de que el reino no tiene dueño supremo, decide atacarlo. Llega con su armada a la frontera. Desde ahí proclama su declaración de guerra. Los ministros le responden:
-Aún no sabemos si la reina va a dar a luz un niño o una niña. Si es mujer, nos rendiremos, porque no tendremos rey. Si nace un hombre, aceptaremos la guerra. Esperad a que la reina alumbre.
El rey enemigo responde:
-Concedido. Retendré a mis tropas hasta el momento del parto. La reina da a luz un hijo. El reino, entonces, debe declarar la guerra. Los consejeros acuden a ver al elefante blanco, llevándole al niño. Delante del recién nacido, el elefante entra en éxtasis, como ya antes le sucedió con su padre. Los consejeros le confiesan:
-No te dijimos que tu amigo había muerto para no destrozarte el corazón. Ahora no puedes dejarte morir de tristeza porque la vida de este ser está en peligro. O bien defiendes el reino y salvas al pequeño o bien lo aplastas con tu pata antes de suicidarte.
El elefante parte a la guerra. Es tan poderoso que captura al rey enemigo y lo lleva ante los ministros. Éstos exclaman:
-¡Que muera!
El elefante se interpone:
-¡No! ¡No lo mataremos! ¡Lo dejaremos en libertad! -y dice al rey-: Ahora ya sabes que este reino tiene un rey. Acéptalo y deja de molestamos. Vuelve a tu territorio y goza de lo que tienes, que es bastante.
El rey, al verse libre, agradece este gesto y nunca más ataca a sus vecinos. El niño crece con su amigo elefante, se convierte en un rey noble, muere iluminado y se va al paraíso con su blanco paquidermo.

Alejandro Jodorowsky
Cabaret Místico

lunes, 18 de diciembre de 2017

Niveles de vida (1ra parte)

¡MARAVILLOSA Semana!!!
(Capítulo sólo para mutantes)



En una vida anterior, Buda fue una liebre. En esos días, un cazador que estaba perdido en la sierra, y casi muerto de hambre por no haber logrado atrapar una pieza, hizo una hoguera y puso en su marmita agua a hervir, tratando de imaginar que era una suculenta sopa. La liebre sintió tal pena por el cazador que, para calmarle el hambre, de un salto se sumergió en el líquido hirviente.
Años más tarde, la liebre renació como cazador. Cuando preparaba sus trampas, vio una paloma que venía huyendo de un halcón.
-¡Sálvame! -imploró la paloma.
Lleno de compasión, la ocultó en su morral. El halcón, al ver esto, se le acercó quejándose:
-¡Eres un hombre injustol Me has quitado el alimento. Moriré de hambre.
El cazador, compadecido también de la rapaz, se cortó de su muslo un trozo de carne, que equivalía al peso de la paloma, y se lo ofreció. 
La rapaz, insatisfecha, le dijo:
-No es un asunto de gramos de carne. Me impediste apoderarme de la vida de mi presa. Si quieres equilibrar este acto, dame tu propia vida.
El cazador aceptó sacrificarse. Renació como Buda.

Esta leyenda nos muestra a un ser que, partiendo de un nivel animal, a lo largo de sucesivas transformaciones llega a la consciencia suprema. En la vida real, esto no sucede a menudo. En general las personas no cambian, convencidas de que son como creen ser y de que todo es como piensan que es. Sin salirse de su limitado nivel de consciencia, permaneciendo iguales a sí mismas, a lo sumo cambian una cosa por otra. Los comunistas de ayer son hoy capitalistas o taoístas; los creyentes se hacen ateos; los ateos, creyentes; los que amaban, odian; los que odiaban, aman... Para llegar a la Consciencia suprema, o sea a la salud espiritual, se necesita pasar por cambios esenciales. La mística hindú Ma Ananda Moyi cuenta esta historia poniéndose en el lugar de un cántaro:

Cuando aún era tierra, la gente me pisoteaba, e incluso hubo uno que hizo sus necesidades sobre mí. Yo lo soportaba todo. Un día, vino un hombre a despedazarme con una pala. Soporté eso también. En seguida tomó un palo y me golpeó sin piedad. Después de haberme empapado con agua fría, se fue. Creí estar en paz. Pero el hombre regresó, me amasó y luego, sobre una rueda, me hizo girar y girar hasta darme la forma de un cántaro. En seguida me expuso a la intemperie. Padecí fríos y calores extremos. Luego me colocó dentro de un horno, donde un fuego intenso me quemó terriblemente.Después me vendió. 
Y ahora estoy aquí, lleno hasta el borde de la sagrada agua del río Ganges...

Si lo soportas todo, como hace la tierra, tú también serás venerado. La vida divina se despertará en ti. Permítaseme usar como guía de esta travesía -descrita por la santa de una manera un tanto masoquista- no un cántaro, sino una araña y una mosca.

1. Persistencia

La mosca pasa su vida tratando de evitar a la araña. La araña pasa su vida tratando de cazar a la mosca.

Nada cambia. El Yo personal, dividido en cuatro egos desequilibrados, pasa su vida tratando de no oír las llamadas del Dios interior, transportadas por el Yo esencial y el Yo superior. Aunque el amor lo solicita, escapa. Aunque la alegría de vivir lo llama, huye. Piensa que es un cazador, pero en realidad es la presa. Todo cuanto alberga en su interior lo busca, pero la conjunción no se produce. En lugar de aunar, multiplica. El príncipe da un beso a la princesa dormida, la despierta, se casan, creen ser felices, engendran muchos niños, multiplican su dinero, sus coches, se compran una casa frente al mar, viajan, van de fiesta social en fiesta social, de borrachera en borrachera, de amante en amante, de proyecto en proyecto... pero no cambian. Nada es real, todo es promesa.

Quienes viven en la persistencia se copian los unos a los otros. Los que están en el poder se aferran a sus puestos, prolongan su mandato hasta sus últimos segundos de vida. Siendo viejos, se visten igual que a los veinte años. Conservan, a punta de operaciones, injertos o pelucas, una antigua imagen seductora. Practican una misma actividad, luego otra parecida, y otra... Repetición constante, multiplicación de lo mismo. Sufrimiento y miedo a perder. Escritores que han ganado el premio Nobel, tercamente se quedaron en ese nivel, sin renovar nunca sus ideas. Samuel Beckett, por ejemplo. En su obra de teatro Esperando a Godot el tan esperado personaje nunca llega. Poco después, en otra obra tragicómica, una mujer en una playa monologa enterrada en la arena. Poco a poco se va hundiendo. Al final la vemos sumergida hasta el cuello, nunca sale. Más tarde, en otra creación, sus actores aparecen encerrados en jarrones y sólo muestran la cabeza. De un espectáculo a otro, los personajes se reducen cada vez más, se encierran en sus delirios, el mundo es un tarro de basura, no hay la menor posibilidad de cambio. Por supuesto que este dramaturgo escribe bien, pero su mensaje permanece en un nivel miserable. Y es que, bajo la bandera del intelecto, muchos autores se permiten decir cosas semejantes a que «El mundo no tiene finalidad, no es posible que cambie. El ser humano es un producto absurdo del azar. La esperanza es cursi, el optimismo es estúpido. No existe ninguna posibilidad de sanar. Todo terminará mal». Textos angustiados, dibujos angustiados, música angustiada, periódicos cuajados de noticias angustiantes... que producen en los seres una vida entera angustiada. Si ésta no los conduce a la multiplicación o a la división y pérdida, los sumergirá en la incrustación: se verán convertidos en auténticas tortugas humanas. Acaparazonados en su casa, en sus actividades, siempre con los mismos amigos o con el mismo y limitado estilo de pintura, de novela -sea histórica, policiaca o erótica-, de música, de arquitectura...

Sardinas en sus latas de conserva, yacen siempre iguales a sí mismos, tomando píldoras calmantes. Hay quienes ni siquiera son capaces de incorporar a su lenguaje una nueva palabra.

Una pareja ha dejado de hablarse. Un día, el hombre entrega a la mujer un papel en el que ha escrito "Tengo que tomar el avión. Despiértame a las seis de la mañana». Se acuesta.
Se despierta al día siguiente al mediodía. Encuentra sobre su pecho un pequeño papel en el que está escrito ,,¡Despiértate!».

Sienten un increíble odio hacia quienes no viven como ellos. No aceptan que alguien sobrepase los límites de su mirada. Desean aniquilar todo pensamiento, sentimiento, deseo o acto que no sean iguales a los que ellos padecen. No realizarán la Consciencia suprema. Persistirán siendo lo que creen ser. Se defenderán de cualquiera que pretenda enseñarles algo nuevo. Competirán, negarán.

Una mujer llega a su casa y el marido exclama:
-¡Es increíble lo hermoso que es tu pelo! ¡Parece una peluca! -¡Es una peluca!
-¿Ah, sí? Parece pelo de verdad.

Somos como un ordenador. Cada uno de nosotros tiene en el cerebro una especie de disquete; para poder hacer algo diferente, tendríamos que cambiarlo. Pero es difícil, si no imposible, ver qué nos han insertado en él. Por eso pedimos a veces que alguien desde fuera nos diga que nuestro sistema de conducta es mecánico. Cosa peligrosa, porque si el instructor no es un verdadero santo, puede extraer nuestro disquete pero al mismo tiempo puede embutimos uno suyo, convirtiéndonos así en fanáticos seguidores de él. Somos nosotros mismos quienes, desarrollando una formidable voluntad para rechazar y eliminar parásitos (Esto no soy yo, ni tampoco esto, ni esto... ), debemos extraemos ese viejo disquete. ¿Cómo?

2. Renuncia

La mosca comprende que los deseos carnívoros de la araña se deben en realidad a una esencial necesidad de energía y, perdiendo el miedo, acepta sacrificarse. La araña, aprendiendo a ponerse en el lugar de la mosca, decide renunciar a la caza, aunque eso la haga morir de hambre.

En un momento dado, convertidos en individuos persistentes y sin nada auténtico, no soportando ya más el tedio ni la angustia, comprendemos que sólo podremos llegar a ser nosotros mismos si nos detenemos. Para ello, nos convertimos en espectadores de lo que hemos creído ser. Nos damos cuenta de la cantidad de energía que estamos derrochando en todo tipo de obligaciones creadas, trabajando en lo que no nos gusta, con horarios que nos despojan de la libertad, con jefes que odiamos o despreciamos, colaborando en la fabricación o en la venta de medicinas y alimentos que dañan la salud, sacrificándonos por una familia que nunca debimos crear... Entonces, comenzamos a sentir que estamos dominados por deseos parásitos, al creer que teniendo a tal persona o tal objeto o tal cantidad de dinero eso nos dará felicidad. Vamos de fiesta en fiesta, de vicio en vicio sin sentimos nunca satisfechos, torturados por rencores por ideales inalcanzables, por tontas esperanzas. Algo en el fondo nos dice que es un engaño el creer que somos amados; y paladeando nuestro inmenso egoísmo, vemos de pronto el de los demás, nos sentimos abandonados, sin valores, acosados por in-numerables miedos, principalmente por ese que nos dice que de golpe vamos a perderlo todo. Con disgusto, observamos el desfile de ideas locas que rellenan nuestra mente.

«Estoy cansado de definirme por medio de una profesión. Soy algo más que una etiqueta, que un diploma. Estoy cansado de las miradas que me inmovilizan y me empujan a situaciones que no son las mías. Estoy cansado de gastar mi energía en ganar mucho dinero. Por lo tanto, debo reducir mis actividades para llegar a mis verdaderas necesidades, haciendo exactamente lo que debo y quiero hacer, y no más. Nunca más me incrustaré en una oficina, en un matrimonio o en una casa que puedan convertirse en una cárcel."

Este nivel de vida puede ser comparado con una oruga, que da origen a una mariposa. Nos aislamos, nos encerramos en nosotros mismos. Luchando contra la cobardía, nos enfrentamos a nuestros sufrimientos, los desenterramos del inconsciente y, en lugar de huir de ellos, nos esforzamos por dejar de querer obtener lo imposible, lo que nunca nos dieron. Aprendemos a ser nuestra propia madre y nuestro propio padre, avanzamos hacia lo más profundo de nosotros hasta sentir el ignoto centro vital y aceptar bañarnos en su manantial de amor: nos damos cuenta de que no habíamos amado porque no sabíamos amarnos. Entonces, nos encerramos el tiempo que sea necesario. Luchamos por zafarnos de cualquier hábito, de cualquier repetición maniática. Cortamos los lazos que nos atan al pasado y también dejamos de proyectamos "en el futuro: pasamos a aceptar lo que somos en el instante.

Así lo ilustra un koan zen:

Un discípulo dice al Maestro:
-Soy una persona estúpida. Floto, me ahogo, floto, me ahogo, floto, me ahogo... ¿Cuándo me liberaré de este doloroso mundo? Flotar, ahogarse, flotar... ¡Qué difícil es vivir!
El Maestro no responde nada. El discípulo lo mira largo rato, espera y por fin le dice:
-¡Maestro! ¿Acaso no estoy aquí, frente a usted, preguntándole una cosa?
-¿Dónde estás ahora? ¿Flotando o ahogándote?

Si el discípulo, dejando de pensar si flota o se ahoga, o que sobrevive con dificultad o que le va muy mal, se comunicara realmente con el maestro, dejaría de tener problemas. Son problemas ilusorios: ni se está ahogando ni está flotando, es un diamante frente a otro diamante, es un Buda frente a otro, una perfección frente a otra.

La diferencia entre ellos es que el maestro es consciente de que el ser humano es una obra milagrosa, y el discípulo no. Éste, en lugar de identificarse con su Yo esencial, se sumerge en los límites de su Yo personal. Cree que la realización se encuentra en el futuro. Se inventa una enorme angustia que no le permite entrar en el presente... Por eso el Maestro no le responde. Si el discípulo dice que está ahogándose y flotando sucesivamente, no está en la realidad sino en su mundo mental. En cambio, el Maestro está en la realidad, presente. Y ahí no hay nada que permita ahogarse o flotar. Ni océano, ni agua, ni angustia. Sólo paz.

Convertido en oruga, aislado en sí mismo, el buscador de la Verdad se dice:

«Dios interior mío, he pasado gran parte de mi vida sin verte, sin quererte conocer, sin satisfacerte, maltratándote con mi negación. En lugar de desarrollar un árbol frondoso, encarcelé tu semilla. Ahora quiero encontrarte. Voy a desprenderme de máscaras y disfraces y aceptaré ser lo que soy. Abandonaré mi constante invención de proyectos para dedicarme sólo a eliminar obstáculos. Todo lo que seré, en potencia ya lo soy. Y eso que soy eres tú, Esencia mía. Guíame, soy de ti, tengo confianza en ti, eres mi felicidad». y entonces, el buscador, demoliendo los muros intelectuales, imagina lo que el Dios interior puede decirle: «¡Por fin has dejado de hablar en nombre de alguno de tus egos y te has decidido a imaginar que existo! Más aún, te has permitido darme la  palabra, oír lo que puedo pensar aunque pensar no sea una actividad propia de mi ser, ya que no necesito cerebro y mucho menos un cuerpo. Pero aceptemos que la palabra es mi forma actual de manifestación y veamos desde mi eternidad e infinitud qué es eso que tú quieres llamar realidad.

Antes que nada debo decirte que no esperes de mí ni un sentimiento ni un deseo ni una necesidad, son reacciones que se dan en un nivel que no me corresponde. Tampoco busques en mí impureza alguna: soy lo que soy en toda la manifestación de mi ser, no puedo ser juzgado en términos de espacio y tiempo. Para hablar contigo debo adaptarme a tus límites (ya pronunciar una palabra es mentir) y darte la energía suficiente para que abras el capullo en que te has envuelto, entregado a la transformación que significa salir de la imagen de ti mismo y ponerte en mi lugar, es decir, aceptar hablar en nombre de tu potencia superior. No es un simple juego. En todo momento puedes hacerlo. Aprende en las situaciones difíciles a ponerte en mi lugar. No eres tú quien dice humildemente "Soy de ti, tengo confianza en ti, eres mi felicidad". Escucha el inmenso amor con que me entrego a ti, porque soy de ti. Siente la ilimitada fe con que sostengo tu realización, porque tengo confianza en ti. Tu realización es mi felicidad. Aceptarme no es desaparecer, es integrarte en la unidad creadora. Si tratas de definirme caes en la trampa de la razón. Impensable, no soy ni el Cuerpo, ni el Alma, ni el Espíritu. No soy el oído, ni el gusto, ni el olfato, ni la vista, ni el tacto. No soy el agua, ni la tierra, ni el fuego, ni el aire. No soy el soplo vital ni
ninguna parte de tu organismo. No siento aversión, ni atracción, ni avidez, ni confusión. No siento orgullo ni envidia. No tengo obligaciones, ni intereses, ni deseos, ni necesidades de liberación. Para mí no existen ni las buenas acciones, ni los pecados, ni el placer, ni el sufrimiento. Tampoco existen las plegarias, ni los lugares santos, ni las escrituras sagradas, ni los ritos. No soy el goce, ni el objeto ni el agente del goce. No conozco la muerte, ni la duda, ni las discriminaciones. Sin padre ni madre, nunca he nacido. No tengo amigos, ni parientes, ni maestros, ni discípulos. Soy sin determinante y sin forma. Omnipresente, no conozco ni la liberación ni la servidumbre. Sólo soy Felicidad pura».

Una madre está muy preocupada porque su hijo Abraham no ha regresado del colegio. Lleva ya media hora de retraso. Por fin, aparece. Su madre le dice:
-¿Por qué llegas con media hora de retraso? ¿Es que el rabino te ha dado una clase de hebreo más larga?
-No, no fue eso. En la calle me entretuvo una señora que había perdido una moneda.
-Ah, ahora comprendo... Eres tan bueno que te quedaste media hora ayudándola a encontrar su dinero.
-No fue así. Me quedé inmóvil durante media hora. Esperé que ella se cansase y se fuera, porque la moneda la tenía yo bajo mi pie.

Esa moneda puede simbolizar la unidad. El niño (nuestro Yo superior) pone su pie (su atención) en la moneda (la unidad) y se queda inmóvil (medita). Suceda lo que suceda, estamos ahí (en el presente) esperando a que la dama (los obstáculos del deseo) desaparezca. Estamos concentrados en nosotros mismos, sin ceder, sin desalentamos. Cuando aquello que no somos se ha esfumado, cosechamos nuestra riqueza interior.


Alejandro Jodorowsky
Cabaret Místico

lunes, 11 de diciembre de 2017

La doma del elefante (2da parte ~ final)


¡MARAVILLOSA Semana!!!

Cuando el elefante acepta la pulsera en su pata, cambia sus berridos salvajes por un nuevo idioma que consiste en sólo dos palabras: Mot! (<<¡Avanza!») y Hara! (<<¡Detente!»). El elefante se convierte en un excelente trabajador. Cuando le ordenan avanzar o retroceder, así lo hace, transportando todo tipo de carga. Se ha transformado en un ser útil para la comunidad.

Nosotros podemos aprender a decir ¡Sí! y a decir ¡No! Somos capaces de vencer la inercia y damos la orden de avanzar hacia nuestra realización o bien de rechazar lo que nos sea nocivo. «Vivo tratando de seducir: Hara...! Debo dejar de ser superficial: Mot...! Experimento una gran tentación hacia algo que terminará dañándome: Hara...! ¡Hara, esto no soy yo! ¡Mot, esto soy yo!»

La comida que le ofrece el cocinero ha sido preparada con gran dedicación, pensando en las necesidades energéticas del elefante. Nosotros, aparte de habituarnos a comidas saludables, debemos alimentar nuestros sentidos, nuestra creatividad, nuestro mundo emocional. Así, dejamos de ser personas que se enganchan a la primera cosa -sea en la amistad, el amor o el trabajo- que las solicita.

Debido al miedo a perder, sin confianza en ellas mismas, carentes de disciplina, estas personas no desarrollan la capacidad de elección y aceptan, por ejemplo, alimentos contaminados o nocivos. Son, en el fondo, niños ciegos, incapaces de verse y por lo tanto de ver a los otros. Si establecen una pareja, esa relación va de crisis en crisis, convirtiéndose al final en una guerra continua... Las elefantas, domadas, ayudan al
nuevo macho a integrarse en la manada. Nosotros debemos relacionamos íntimamente sólo con personas que hayan alcanzado nuestro nivel de consciencia. A quienes aún no se hayan sometido a la autodisciplina, podemos ofrecerles ayuda, pero sin entablar contactos amistosos o sexuales. Los terapeutas que se hacen amigos de sus pacientes o se acuestan con ellos comenten un lamentable error. Las elefantas ayudan al nuevo compañero, pero no se aparean al principio con él. Se impide al paquidermo salvaje actuar como un macho antes de estar completamente domado.

Sólo podrá materializar sus deseos cuando la doma haya concluido. Entonces se le concede una hembra. Satisfecho, con alegría infinita, el elefante, al alba, se dirige al trabajo. Avanza arrastrando una cadena de siete metros que ha sido añadida a su pulsera. Con el cornaca en su nuca, se ha convertido en constructor.

Y así sucede con nosotros ahora: nos levantamos alegres para continuar con el trabajo. Trabajar en lo que nos gusta nos parece una fiesta. Desarrollamos la creatividad positiva con profundo placer. Por el contrario, gastar nuestro tiempo en fiestas destructivas nos angustia. Trabajando con disciplina, salimos de la hediondez y entramos en la fragancia. Los tres amos-sirvientes del elefante nunca lo dejan solo. Se despiertan con él, trabajan con él, lo alimentan, lo bañan, duermen junto a él... Nuestro intelecto -vaciado de conceptos inútiles-, nuestra emoción -liberada de todos los rencores- y nuestra libido -purificada de deseos no auténticos- nos inundan el cuerpo de energía, con la fluidez de un río limpio y transparente.

El elefante soporta sus rudas tareas porque tiene un par de horas de reposo en que lo llevan al río, lo sumergen en el agua y le rascan el cuerpo, que contrariamente a lo que se pudiera pensar tiene una piel muy sensible. Su mayor placer, aparte de poseer a las hembras, es ser rascado por sus tres amos-sirvientes. Gozoso, se revuelca en el agua, ofreciendo todo su cuerpo. Luego, regresa al trabajo cargado de alegría.

Cuando entramos en la vía iniciática, debemos también darnos tiempo para satisfacer a nuestro Yo personal: comer lo que nos apetezca, ver películas estúpidas pero entretenidas, asistir a un partido de fútbol, un ring de boxeo, un concierto, una discoteca, leer revistas eróticas, cómics... en fin, jugar. Hay personas que ejercen tal severidad sobre ellas mismas que a la larga arruinan su trabajo espiritual. Su neurosis acaba sobrepasando la de aquellos que se revuelcan en mediocridad. Debemos tratar a nuestro Yo personal como si fuera un niño, o sea no se le puede tener estudiando todo el día, hay que concederle recreos. Un carnaval es necesario de cuando en cuando. Después de los momentos de libertad caótica que nos ha ofrecido, podemos entregamos a la más férrea de las disciplinas...

El elefante parece ya completamente domesticado. Trabaja como el que más pero, de pronto, por un pequeño agujero que tiene bajo cada sien, le comienza a correr una sustancia grasa, untuosa, de intenso aroma. Es el almizcle. Esto indica que el animal está en celo. Sus sirvientes entonces lo dejan tranquilo sin forzarlo a trabajar, porque si lo hicieran él no obedecerá, y si insistieran podría llegar a matarlos. El celo, deseo sagrado al servicio de la reproducción, no admite amos.

Hay momentos creativos o terapéuticos en que debemos dejar que la naturaleza se exprese a través de nosotros. Su acción es más rápida que lo mental o lo emocional, es como el estallido de un rayo. En trance, nos entregamos a aquello que nos reclama, sin dudar. El más leve titubeo rompería el encanto y la autenticidad.

Hemos logrado alcanzar la certeza.
Preguntan a Ramakrishna:
-¿Cree usted en Dios?
El Maestro responde:
-No.
Sorprendidos, los que lo interrogan exclaman:
-¿Cómo es posible que un gran místico como usted diga que no cree en Dios?
-No creo en Dios, lo conozco.

Cuando un elefante está en reposo, no apoya su trompa en la tierra sino que la introduce en su boca. También, antes de comer cualquier cosa, sopla con fuerza sobre el alimento. Se protege así de que algún insecto, por ejemplo una hormiga; pudiera penetrar en su trompa, llegar al cerebro y enloquecerlo. Con sabiduría natural, elimina cualquier peligro posible antes de que se produzca. Sabe prevenir. 

Los posibles peligros que advertimos en un contrato que debemos firmar acabarán un día u otro por afectamos. Donde hay un punto débil, aquello que lo rodea, por muy fuerte que sea, termina por desmoronarse junto con él.. Un grupo social nunca se define por el más sabio, sino por el más torpe. Roland Topor dijo una vez que «Un gramo de caviar en un kilo de excremento no cambia nada. Un gramo de excremento en un kilo de caviar lo arruina todo».

Cuando actuamos o nos relacionamos, deberíamos proceder como el elefante. Antes de comprometernos, debemos eliminar las hormigas, es decir, establecer contratos claros, nunca para siempre sino por un plazo limitado que permita renovarlos discutiendo sus términos a la luz de los cambios que trae el tiempo. Debemos estar alerta: un lenguaje puede ser interpretado desde distintos puntos de vista.

Un hombre envía este mensaje a un hotel mexicano: «Resérvenme para tal día una suite, con vistas al mar, dos almohadas de plumas, una gran cama, un buen mini-bar, etc., etc., etc.».
Días más tarde llega a México. En su suite, con vistas al mar, encuentra un agradable mini-bar,dos almohadas de plumas y, dentro de la gran cama, tres prostitutas desnudas.
Llama por teléfono a la recepción.
-¿Qué significa esto? Yo nunca pedí tal cosa. 
-Pero, señor, son sus etc., etc., etc.

Si los términos no son claros, el día en que nos encontramos con un abogado defensor sufrimos las consecuencias. Estos seres se las arreglan para tener siempre la razón. Apenas cometen un error, hacen cuanto pueden por demostrarnos que somos nosotros quienes hemos cometido el fallo y no ellos. Nunca reconocen el daño que causan.

Un joven padre entra en la habitación de la parturienta. Abraza a su mujer con emoción. En seguida se inclina sobre la cuna y se da cuenta de que el bebé es totalmente negro.
Retrocede horrorizado y su esposa le declara, antes de que tenga tiempo de decir algo:
-¿Ves lo que pasa por tu manía de querer hacer el amor a oscuras?

Echar la culpa a otro es una actitud a la que recurren con frecuencia quienes no trabajan para domar sus egos. A diario buscan saber quién es el responsable de lo que les sucede, sin darse cuenta de que ellos son el cómplice principal, por no decir el único artífice del problema.

-¿Cómo ha pinchado este neumático? -pregunta el mecánico. 
-¡Oh, de la forma más tonta! Al pisar una botella de whisky. 
-¡No me diga que no vio la botella!
-Sí que se lo digo, el hombre la llevaba en el bolsillo.

Se mienten a sí mismos. Hacen daño a la gente que los rodea y se niegan a reconocerlo. No asumen la responsabilidad de sus propios actos y los justifican con complacencia. Provocan estragos y luego aducen mil excusas. Abandonan en el mundo a una criatura que buscará toda su vida saber quién es su padre, y se permiten argumentar «¡Soy inocente! Engendré ese hijo, pero me largué cuando era pequeño. Es imposible que me recuerde. ¿Qué daño puedo haberle hecho, si no me conoce?».

Cuando dejamos de echar la culpa a los demás, nos encontramos con nosotros mismos. Un gran paso adelante es reconocer que somos responsables de lo que nos pasa. Sin embargo, los abogados defensores son incapaces de aceptar sus errores tan inmediatamente como lo hace este monje zen:

Llega a un monasterio, sin que se le espere, un personaje muy importante. Es la hora de la comida. Se pide al cocinero que improvise algo. Éste va al huerto, arranca unas lechugas, unos rábanos, unas zanahorias y, con lo que tiene a su alcance en la cocina, prepara rápidamente una sabrosa ensalada. El visitante comienza a comer y de pronto encuentra en su plato una cabeza de culebra. Llama al cocinero y, mostrándosela con asco, le dice:
-¿Qué es esto?
El cocinero, con un gesto rápido, toma la cabeza de culebra, la mete en su boca, se la traga, hace una reverencia y se va.
Un verdadero iniciado, cuando comete un error, sabe aceptarlo. Ha aprendido a tragarse la culebra.

El elefante, con sus patas mullidas como cojines, camina sin hacer ruido. Aunque el camino sea accidentado, avanza siempre con equilibrio, nunca se inclina ni hacia un lado ni hacia otro. Como su piel y sus patas son tan sensibles y su peso tan grande, el animal se ve obligado a vigilar sus pasos. Nunca apoya las plantas en una piedra que puede rodar, ni sobre una espina. Tiene plena conciencia de sus movimientos.

Algunas personas son de una torpeza enfermiza... Se tropiezan con mucha frecuencia, cogen una tostada para untarle mantequilla y se les hace trizas, se dejan caer sobre las sillas como si fueran pesos muertos. También, al saludarnos nos torturan la mano o hablan por teléfono en lugares públicos gritando como si estuvieran solas. Si van en el metro no se privan de damos un codazo o si llevan una mochila en la espalda golpean, sin darse cuenta, al resto de los viajeros. O manipulan los objetos cotidianos con una violencia mal contenida... Sen no Rikyu, el más grande maestro de té de la historia de Japón, resume en unos pocos poemas lo esencial de su sagrada ceremonia (servir una taza de té), donde da una importancia capital a la manera de recibir y comunicar con sensibilidad y consciencia:

Siente que manipulas lo ligero como si fuera pesado y lo pesado como si fuera ligero.
Cuando deposites un objeto hazlo con la misma delicadeza con que te despides de tu amada.
No mires el carbón de la hoguera con los ojos sino con el corazón.
Respeta el carbón y luego respeta sus cenizas.

Cuando, gracias al trabajo, se desarrolla y llega a ser el más fuerte de todos, nuestro elefante merece dirigir la manada. Se convierte en la cabeza del grupo. Cuando avanza, va delante de todos. Por ley, los otros machos deben ir detrás. Si uno de ellos, en un intento de rebelión, se le adelantara, él, con su autoridad de jefe, le hundiría los colmillos en la columna vertebral y lo mataría... Si otro macho lo desafiase abiertamente colocándose frente a él, lo eliminaría sin ninguna piedad. No permite que le falten al respeto tratándolo de igual a igual. Pero si por cualquier motivo una hembra se pone frente a él, la empuja con amabilidad hacia la manada seguidora: entre los dos sexos no existe la competición...

Muchas veces se genera entre hermanos un espíritu de contienda. Si uno de ellos es el preferido por los padres, el ignorado, al no ser el centro, anhela ocupar el sitio del otro y vivir su vida. Lo que tiene no lo satisface nunca. Desconoce su verdadera naturaleza. No sabe quién es. Necesita constantemente compañía. Tiene miedo de encontrarse solo consigo mismo porque se siente vacío.

Un transeúnte se ha encolerizado al ser salpicado de barro por un coche. Corre por la acera y, en el primer semáforo en rojo, alcanza al conductor y le dice:
-¡Señor, es usted un grosero! Si hubiera sido una persona como Dios manda, se habría detenido para disculparse, habría comprobado el perjuicio que me ha causado, luego me habría llevado en coche a su casa e invitado a un oporto para que me recuperara. Por último, no me habría dejado ir sin darme por
lo menos doscientos euros en concepto de daños y perjuicios.
-¡Usted está soñando! ¿Ha visto alguna vez a un conductor comportarse así con usted?
-¡No, conmigo no! ¡Pero ayer, con mi hermana, sí!

Deberíamos saber si, a pesar de no haber recibido de nuestros padres lo que deberíamos haber recibido, hemos alcanzado un alto nivel de consciencia debido a alguna de estas tres razones: porque hemos leído, estudiado, meditado y vuelto a leer, una y mil veces..., porque misteriosamente nos iluminamos de golpe, sin esfuerzo, como si recibiéramos un regalo divino..., o porque una persona compasiva decidió ayudamos... En el primer caso, el del estudio, debemos nuestro progreso a las generaciones precedentes que tuvieron como misión dejar por escrito sus técnicas y teorías... En el segundo, debemos entender que no somos los únicos que hemos tenido la suerte de recibir el don, hay otros que quizá se hayan despertado en un nivel incluso más profundo... En el tercero, aquel que nos indica cómo llegar a ser lo que somos es nuestro maestro para toda la vida... Si no somos capaces de agradecérselo a quien nos ayudó a encontrarlo, nuestro tesoro no vale nada, y hay demasiados «escritores espirituales» que describen conocimientos y experiencias de otros sin nombrarlos jamás. Los elefantes perfumados nos preguntan «¿Por qué tratas de ocupar un lugar que aún no mereces, si tu goce actual es el de seguir al guía superior?  Cuando alcances la meta, entonces se te seguirá a ti. Pero si quieres que te sigan
como me siguen a mí, no quieres ser tú, quieres ser yo, lo cual es lamentable: vivirás  fingiendo conocer lo que sólo has leído o te han dicho, sin haberlo experimentado nunca».

Cuando pasa el tiempo, el gran elefante, dándose cuenta de que la vejez lo ha debilitado, permite que el joven más fuerte de la manada se coloque delante de él. En total paz, se produce un simple traspaso de poder, sin lucha, sin competición previa. 

Las hembras y los elefantes menos fuertes siguen de forma natural al nuevo guía. El anciano, detrás del grupo, va retrocediendo poco a poco hasta que muere con dignidad, sin que nadie lo vea.

Es probable que vengamos de familias en las que los padres, de manera quizá inconsciente, sienten celos de sus hijas o hijos. De forma conflictiva han grabado en sus psiques infantiles «Para que nosotros te amemos, tienes que triunfar. Pero si logras lo que nunca nosotros pudimos lograr, nos perderás: dejaremos de amarte, o moriremos».

Un célebre pintor chileno, asistiendo a una exposición de pinturas de su hijo, escupió en los cuadros. El muchacho tuvo éxito, pero tiempo después se suicidó... Al entrar en la pubertad, una muchacha comenzó a vestirse con ropa que la hacía más atractiva. Su madre la imitó. Cuando su hija le presentó a su novio, la señora hizo todo lo que pudo para seducirlo, hasta lograr convertirlo en su amante...

Tenemos que ser conscientes de que hemos nacido en una sociedad que es consumidora y que es competidora, lo cual nos impulsa a vivir comparándonos. El iniciado acepta al Maestro sin compararse con él, sin competir con él. En lugar de querer asesinarlo, abre su corazón y lo absorbe. ¿Qué representa este Maestro? Ramakrishna dijo: «Si lanzamos un pedazo de plomo en un recipiente que contiene mercurio, se disuelve con rapidez. De la misma manera el alma superior pierde su existencia limitada cuando se sumerge en el océano de Brahman» . Brahman no sólo es el Dios exterior, es también el Dios interior.

Había una vez una muñeca de sal que quería medir la profundidad del océano. Llegó a orillas de la inmensa extensión de agua y la contempló. Hasta ese momento, continuaba siendo la misma muñeca de sal, conservando su propia superioridad. Pero apenas posó un pie en el océano, comenzó a desaparecer. Estaba perdida. Muy pronto fue imposible distinguirla. Todas las partículas de sal que la componían se habían disuelto en el agua del mar. La sal con que estaba hecha provenía de ese mismo océano: ahora había retornado para unirse de nuevo a él.

Alejandro JODOROWSKY
Cabaret Místico