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jueves, 1 de marzo de 2018

7 ~ El valor y los beneficios de la compasión (1/2)

Segunda parte
Compasión y calidez humanas

7 ~ El valor y los beneficios de la compasión (1/2)

Definición de la compasión


A medida que avanzaban nuestras conversaciones, descubrí que la compasión en la vida del Dalai Lama es mucho más que el mero cul­tivo de la benevolencia para mejorar la relación con los demás: como budista practicante, la compasión era indispensable para su desarro­llo espiritual.
-Dada la importancia que le concede el budismo, como parte esencial del desarrollo espiritual-pregunté-, ¿podría definirme con mayor claridad qué quiere decir al hablar de «compasión»?
El Dalai Lama contestó:
-La compasión puede definirse como un estado mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo. Se trata de una actitud men­tal basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento, y está asociada con un sentido del compromiso, la responsabilidad y el respeto a los demás. »En la definición de compasión, la palabra tibetana Tse-wa deno­ta también un estado mental que implica el deseo de cosas buenas para uno mismo. Para desarrollar el sentimiento de compasión, puede empezarse por el deseo de liberarse uno mismo del sufrimiento, para lue­go cultivarlo, incrementarlo y dirigirlo hacia los demás.
»Ahora bien, cuando la gente habla de compasión, creo que la confunde a menudo con el apego. Así que tenemos que establecer primero una distinción entre dos clases de amor o compasión. La prime­ra se halla matizada por el apego, se ama a otro esperando que el otro nos ame a su vez. Esta compasión es bastante parcial y sesgada, y una relación basada exclusivamente en ella es inestable. Una relación apo­yada en la percepción e identificación de la persona como un amigo puede conducir a un cierto apego emocional y a una sensación de pro­ximidad. Pero si se produce un cambio en la situación, un desacuerdo quizá, o que el otro haga algo que nos enoje, cambia la perspectiva y desaparece el otro como "amigo". El apego emocional se evapora en­tonces y, en lugar de amor y preocupación, quizá se experimente odio. Así pues, ese amor basado en el apego puede hallarse estrechamente vinculado con el odio.
»Pero existe una compasión libre de tal apego. Ésa es la verdadera compasión. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea que­rida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento. y también, como me su­cede a mí, tienen el derecho natural de satisfacer esta aspiración fundamental. Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se de­sarrolla un sentido de afinidad. Tomando eso como fundamento, se puede sentir compasión por el otro, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo, se genera amor y compasión, la verdadera compasión.

»Vemos entonces que establecer la distinción entre estas dos cla­ses de compasión y cultivar la verdadera puede ser algo muy impor­tante en nuestra vida cotidiana. En el matrimonio, por ejemplo, existe generalmente un componente de apego emocional. Pero si interviene también la verdadera compasión, basada en el respeto mutuo como seres humanos, el matrimonio tiende a durar mucho tiempo. En el caso del apego emocional sin compasión, en cambio, el matrimonio es más inestable, con tendencia a fracasar.
Esa compasión universal, divorciada del sentimiento personal me parecía una exigencia excesiva.
-Pero el amor o la compasión es un sentimiento subjetivo. Creo que el tono del sentimiento sería el mismo, tanto si se «matiza con ape­go» como si es «verdadero». ¿Por qué es importante hacer una dis­tinción?
El Dalai Lama me contestó con firmeza.
-En primer lugar, creo que hay diferencias entre el amor genuino, o compasión, y el amor basado en el apego. No es el mismo sentimien­to. La verdadera compasión es mucho más fuerte, amplia y profunda. El amor y la compasión verdaderos también son más estables, más fiables. Por ejemplo, ves a un animal sufriendo intensamente, como un pez que se debate con el anzuelo en la boca, y no puedes soportar su dolor. No se debe a ninguna conexión especial con ese animal un sentimiento que se expresaría con: «Ese animal es mi amigo». En este caso, tu compasión surge simplemente del reconocimiento de que ese otro ser también tiene sentimientos, también experimenta dolor y tie­ne derecho a no sufrir. Así pues, esa compasión, no mezclada con el deseo o el apego, es mucho más sana y perdurable.
Seguí ahondando un poco más en el tema.
-En su ejemplo de ver sufrir intensamente a un pez, plantea una cuestión vital, asociada Con la incapacidad de soportar su dolor. -Sí -contestó el Dalai Lama-. En cierto sentido, podría defi­nirse la compasión como el sentimiento de no poder soportar el sufri­miento de otros seres sensibles. y para generar ese sentimiento se tiene que haber apreciado antes la gravedad o la intensidad del sufrimien­to del otro. Así pues, creo que cuanto más plenamente comprenda­mos el sufrimiento, tanto más profunda será nuestra capacidad de compasión.
-Bien -dije, dispuesto a abordar lo esencial-, sin duda una mayor conciencia del sufrimiento del otro puede intensificar nuestra capacidad para la compasión. De hecho, la compasión supone, por de­finición, abrirse al sufrimiento del otro, compartirlo. Pero hay una cuestión más básica: ¿por qué deseamos asumir el sufrimiento del otro cuando ni siquiera queremos soportar el propio? La mayoría de no­sotros hace todo lo posible para evitar el dolor, hasta el punto de to­mar drogas, por ejemplo. Entonces, ¿por qué asumir deliberadamen­te el sufrimiento de otro?
El Dalai Lama me contestó sin vacilación.
-Creo que hay una diferencia cualitativa. -Hizo una pausa y lue­go, como si se hubiera percatado sin esfuerzo de mis sentimientos, continuó-: Al pensar en nuestro sufrimiento, nos sentimos abruma­dos, como si soportáramos una pesada carga, e impotentes. Hay un cierto desánimo, como si nuestras facultades se debilitaran.
»Al generar compasión, en cambio, al asumir el sufrimiento de otro, también se puede experimentar inicialmente un cierto grado de inco­modidad, una sensación de que aquello es insoportable. Pero, el senti­miento es muy diferente porque, por debajo de la incomodidad, hay un grado muy alto de alerta y determinación, ya que se asume voluntaria y deliberadamente el sufrimiento del otro con un propósito elevado. Aparece un sentimiento de conexión y compromiso, la voluntad de abrirse a los demás, una sensación de frescura en lugar de desánimo. Recuerda la situación de un atleta. Mientras se halla sometido a un entrenamiento riguroso, el atleta sufre mucho, trabaja, suda, se es­fuerza. Puede ser una experiencia dolorosa y agotadora. Pero él no la ve como tal, sino que la asume como una experiencia asociada con un sentido: el goce. Si esa persona, sin embargo, se viera sometida a cual­quier otro trabajo físico que no formara parte de su entrenamiento - pensaría: "¿Por qué tengo que someterme a este suplicio?". Así pues, en la actitud mental radica la gran diferencia.
Estas palabras, pronunciadas con tanta convicción, me elevaron desde un sentimiento de agobio hasta otro relacionado con la posibi­lidad de la resolución del sufrimiento o de su trascendencia.
-Ha dicho que el primer paso para generar esa clase de compa­sión era la apreciación del sufrimiento. Pero ¿no existe alguna otra técnica budista para aumentar la compasión?
-Sí. En la tradición del budismo Mahayana, por ejemplo, encon­tramos dos. Se las conoce como el «método de los siete puntos de causa-efecto» y el «intercambio e igualdad de uno mismo con los de­más». Esta última se encuentra en el octavo capítulo de Guía del esti­lo de vida del Bodhisattva, de Shantideva. -Miró el reloj, dándose cuenta de que se nos acababa el tiempo-. A finales de esta semana, durante las charlas, practicaremos algunos ejercicios o meditaciones sobre la compasión.




Dalai Lama con Howard C. Cutler, M. D.

EL ARTE DE LA FELICIDAD

Traducción de José Manuel Pomares

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